Departamento de Historia | Academia Cristo Rey, Ponce, Puerto Rico

Sentido Común de Thomas Paine

THOMAS PAINE

SENTIDO COMUN – 1776

Respecto del origen y propósito del gobierno en general, con

observaciones precisas sobre la Constitución inglesa

Algunos escritores han confundido en tal forma la sociedad con el gobierno como para dejar poca o pequeña distinción entre ambos, a pesar de que no sólo son diferentes sino que tienen distintos orígenes. La sociedad es, producida por, nuestras necesidades y el gobierno por nuestra maldad; la anterior promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos, el posterior negativamente restringiendo nuestros vicios. La una alienta el intercambio, el otro crea distinciones. La primera es un protector, el último un castigador.

La sociedad. en cualquier estado es una bendición, pero el gobierno, aun en su mejor estado, no es sino un mal necesario; en su peor estado, uno intolerable: pues cuando sufrimos, o estamos expuestos a las mismas miserias por un gobierno que podríamos esperar en un país sin gobierno, nuestra, calamidad es acrecentada al reflexionar que nosotros proveemos  los medios por los cuales sufrimos. El gobierno, como la vestimenta, es una insignia, de inocencia perdida; los palacios de los reyes están construidos sobre las ruinas de las enramadas del paraíso. Pues de ser limpios los impulsos de la conciencia, uniformes, e irresistiblemente obedecidos, el hombre no necesitaría otro otorgador de leyes; pero no siendo ése el caso, encuentra necesario entregar una parte de su propiedad para proveer los medios para la protección del resto; y a esto es inducido por la misma prudencia que en todo otro caso lo aconseja, la de escoger entre dos males el menor. Por cuanto, siendo la seguridad la verdadera finalidad del gobierno, resulta incontestable que cualquier forma que pueda parecer más probable para asegurárnosla con el menor gasto y el mayor beneficio, es preferible a todas las otras.

Para obtener una idea clara y justa de la intención y el fin del gobierno, supongamos un número pequeño de personas establecidas en un lugar alejado del mundo, sin conexión con el resto; representarán entonces la primera población de cualquier país o del mundo. En este estado de libertad natural, la sociedad será su primer pensamiento. Mil motivos los incitarán a ella, la fuerza de un hombre es tan desigual a sus necesidades, y su mente tan poco apta para la sociedad perpetua, que pronto estará obligado a buscar ayuda y socorro de otro, que a su vez requiere lo mismo. Cuatro o cinco unidos serían capaces de construir una vivienda tolerable en medio de una naturaleza salvaje, pero un hombre puede trabajar durante el curso natural de su vida sin realizar nada; cuando derribara sus árboles, no podría removerlos ni erigirlos después que fueran removidos; el hambre entretanto le urgiría a abandonar su trabajo, y cada necesidad diferente lo atraería en distintas direcciones. Una enfermedad, aun una desgracia, seria la muerte; pues aunque ninguna, de las dos fuera mortal, aun así cualquiera de las dos le inhabilitaría para la vida y lo reduciría a un estado en que quizás se podría decir que perecería en vez de que moriría.

La necesidad, pues, como un poder de gravitación, pronto forjaría a nuestros recién llegados emigrantes en una sociedad, cuyas bendiciones recíprocas sobrepasarían y tornarían innecesarias las obligaciones de la ley y el gobierno, a la vez que permanecerían perfectamente justos los unos a los otros; pero como nada bajo el cielo es inconquistable para el vicio, sucederá inescapablemente que en la misma proposición en que se sobreponen a las primeras dificultades de la emigración, que los unía juntos en una misma causa, empezarán a relajarse en su deber y adhesión los unos para con los otros; y este entibiamiento señalaría la necesidad de establecer alguna forma de gobierno para suplir el defecto de la virtud moral.

Algún árbol conveniente les proveerá un edificio de estado, bajo las ramas del cual toda la colonia pueda reunirse para deliberar sobre asuntos públicos. Es más que probable que sus primeras leyes sólo tendrán el título de REGLAMENTOS y no serán puestos en vigor por otro castigo que la falta de estima pública. En este primer parlamento cada hombre tendrá un asiento por derecho natural.

Pero según la colonia aumenta, el interés público también se incrementará, y la distancia en la cual puedan estar separados sus miembros, hará demasiado inconveniente el que todos se reúnan en cada ocasión como al principio, cuando su número era pequeño, sus habitaciones cercanas, y los intereses públicos pocos y de poca importancia. Esto señalará la conveniencia de que ellos consientan a dejar la parte legislativa para ser administrada por un número selecto escogido de entre todo el cuerpo, que estarán supuestos a tener los mismos intereses en juego como aquellos que los han elegido, y que actuarán en igual forma como todo el cuerpo actuaría de estar presente. Si la colonia continúa aumentando, se tornará necesario aumentar el número de representantes; y, a fin de que el interés de cada porción de la colonia pueda ser atendido, se descubrirá mejor el dividir a  todos en partes convenientes, cada parte enviando su número propio; y, a fin que los electos nunca formen entre al un interés separado del de los electores, la prudencia señalará la corrección de celebrar elecciones frecuentemente, porque tal corno los electos pueden por tal medio regresar y confundirse nuevamente con el cuerpo general de electores en unos cuantos meses, su fidelidad al público estará asegurada por la reflexión prudente de no crear un bastón de mando o dominación contra ellos mismos. Y como este intercambio frecuente establecerá un interés común en cada porción de la comunidad, mutua y naturalmente se apoyarán unas a otras, y de esto ‘no del nombre sin sentido de rey’ depende la fuerza del gobierno y la felicidad de los gobernados.

Aquí, pues, está el origen y el surgimiento del gobierno; esto es, un modo que se ha hecho necesario por la inhabilidad de la virtud moral de gobernar al mundo; aquí, también, está el propósito y el fin del gobierno, o sea, libertad y seguridad. Y no importa cómo nuestros ojos puedan ser deslumbrados con el espectáculo, o nuestros oídos engañados por el sonido, no importa cuánto el prejuicio pueda torcer nuestras voluntades, o el interés oscurecer nuestro entendimiento, la sencilla voz de la naturaleza y la razón dirá, “Es cierto”.

Tomo mi idea de la forma de gobierno de un principio de la naturaleza que ningún arte puede derribar, o sea, que mientras más sencilla es una cosa, menos expuesta está a ser desordenada y más fácilmente será reparada, una vez en desorden; y con esta máxima en mente ofrezco unas cuantas observaciones respecto de la muy alabada constitución de Inglaterra. Se concede que fue noble para la época oscura y servil en que fue erigida. Cuando el mundo estaba rebosante de tiranía, era un rescate glorioso el menor alejamiento de ella. Pero que es imperfecta, sujeta a conclusiones e incapaz de producir lo que parece prometer es fácilmente demostrable.

Los gobiernos absolutos aunque constituyen la vergüenza de la raza humana conllevan esta ventaja: son sencillos. Si el pueblo sufre, sabe la fuente de la cual surgen sus sufrimientos; conoce igualmente el remedio y no está confundido por una variedad de causas y curas. Pero la constitución de Inglaterra es tan extremadamente compleja que la nación puede sufrir junta durante años sin poder descubrir en qué parte yace la falta; algunos dirán que en uno y algunos en otra, y cada médico político aconsejará una medicina diferente.

Sé que es difícil sobreponerse a prejuicios locales o de larga duración, pero si nos permitimos el examen de las partes constitutivas de la constitución inglesa, encontraremos que son los viles restos de dos antiguas tiranías, mezcladas con algunos materiales republicanos nuevos.

Primero, los restos de una tiranía monárquica en la persona del rey.

Segundo, los restos de una tiranía aristocrática en las personas de los pares.

Tercero, los nuevos materiales republicanos en las personas de los comunes, de cuya virtud depende la libertad de Inglaterra.

Los primeros dos, al ser hereditarios, son independientes del pueblo; por lo que, en un sentido constitucional, no contribuyen nada hacia la libertad del estado.

Decir que la constitución de Inglaterra es una unión de tres poderes, que se frenan recíprocamente unos a los otros es ridículo; o las palabras carecen de sentido o son unas totales contradicciones.

Decir que los comunes constituyen un freno sobre el rey, presupone dos cosas.

Primero, que el rey no es de confiar sin que se le vele; o, en otras palabras, que una sed de poder absoluto es la enfermedad natural de la monarquía.

Segundo, que los comunes, al ser nombrados con tal propósito, son, o más sabios o más dignos de confianza que la corona.

Pero como la misma constitución que da poder a los comunes para frenar al rey, mediante la negativa de recursos, da más tarde al rey un poder para frenar a los comunes al permitirle rechazar sus proyectos, nuevamente supone que el rey es más sabio que ellos a quienes ya se ha supuesto ser más sabios que él. ¡Un mero absurdo!

Hay algo extremadamente ridículo en la composición de la monarquía, primero excluye a un hombre de los medios de, información, sin embargo le da poder para actuar en casos en que se requiere el juicio más difícil. La condición de rey le encierra fuera del mundo, sin embargo, el negocio de un rey requiere que lo conozca completamente; por consiguiente, las diferentes partes, al oponerse y destruirse naturalmente, demuestran que toda la situación es absurda e inútil

Algunos escritores han explicado la constitución inglesa en esta forma: el rey, dicen es uno, el pueblo, otro; los pares son una cámara a favor del rey, los comunes a favor del pueblo. Pero esto tiene todas las distinciones de una casa dividida contra al misma y aunque las expresiones están agradablemente arregladas, sin embargo, al ser examinadas, aparecen ociosas y. ambiguas; y siempre sucederá que la mejor construcción de algo que no puede existir, o que es demasiado incomprensible para estar dentro del ámbito de una descripción, serán palabras sólo de sonido, y aunque pueden divertir al oído, no pueden informar a la mente: pues esta explicación incluye una pregunta previa, o sea, ¿Cómo llegó el rey al poder en que el pueblo tiene miedo de confiar y siempre está obligado a frenar? Tal poder no puede ser el regalo de un pueblo sabio, ni puede ningún poder que necesite freno ser de Dios; sin embargo, la disposición que hace la constitución supone que existe tal poder.

Pero la disposición no es hábil para la tarea; los medios o no pueden o no quieren alcanzar el fin, y el asunto todo es suicida: pues igual que un peso mayor siempre hará elevarse al menor, e igual que todas las ruedas de una máquina se ponen en movimiento por una, sólo resta saber qué poder en la constitución tiene el mayor peso, pues tal gobernará: y aunque los otros, o una parte de ellos, puedan obstruir, o frenar la rapidez de su movimiento, sin embargo, mientras no puedan detenerlo, sus esfuerzos serán inefectivos. El poder que primero se mueve habrá de tener la última palabra, y lo que le falta en velocidad, lo suple el tiempo.

Que la corona es esta parte avasalladora de la constitución inglesa no necesita ser mencionado, y que deriva toda su consecuencia al meramente ser el dador de posiciones y pensiones es evidente de por sí; por cuanto, aunque hemos sido sabios en encerrar y poner candado a la puerta en contra de una monarquía absoluta, al mismo tiempo hemos sido lo suficientemente tontos como para poner a la corona en posesión de la llave.

El prejuicio de los ingleses en favor de su propio gobierno, del rey, nobles y comunes, surge tanto o más del orgullo nacional que de la razón. Los individuos están indudablemente más seguros en Inglaterra que en algunos otros países; pero la voluntad del rey es tanto la ley del palo en Inglaterra como en Francia, con esta diferencia: que, en vez de proceder directamente de su boca, es entregada al pueblo bajo la forma formidable de un estatuto del Parlamento. Pues la suerte de Carlos I sólo ha hecho a los reyes más sutiles – no más justos.

Por cuanto, dejando a un lado todo orgullo y prejuicio nacional en favor de modos y formas, la verdad llana es que se debe totalmente a la constitución del pueblo y no a la constitución del gobierno, el que la corona no sea tan opresiva en Inglaterra como en Turquía.

Una encuesta respecto de los errores constitucionales en la forma inglesa de gobierno es, en este momento, altamente necesaria, pues al igual que nunca estamos en condiciones propicias para hacer justicia a otros, mientras permanecemos bajo la influencia de alguna parcialidad primordial, igualmente somos incapaces a cualquier prejuicio obstinado. Y en la misma forma en que un hombre que está ligado a una prostituta no es apto para escoger o juzgar de una esposa, igualmente cualquier opinión preconcebida a favor de una constitución de gobierno podrida, nos inhabilitará para discernir una buena.

De la Monarquía y la Sucesión Hereditaria

Por ser la humanidad sólo originalmente igual en el orden de la creación, la igualdad sólo podía ser destruida por alguna circunstancia posterior; las distinciones entre ricos y pobres pueden en gran medida ser explicadas, y esto, sin necesidad de recurrir a las apelaciones duras y mal sonantes de opresión y avaricia. La opresión es frecuentemente la consecuencia, pero rara vez o nunca el camino a la riqueza; y aunque la avaricia salvará al hombre de ser necesitadamente pobre, generalmente lo hace demasiado timorato para ser rico.

Pero hay otra y mayor distinción a la cual no se le puede fijar ninguna razón verdaderamente natural o religiosa, y ésa es la distinción de hombres entre REYES Y SUBDITOS. Hombre y mujer, son distinciones de la naturaleza, bueno y malo las distinciones del cielo, pero cómo una raza de hombres llegó al mundo tan exaltada sobre él resto, y distinguida como alguna nueva especie, merece ser investigado, así tomo si ellos son el medio de la felicidad o la desgracia para la humanidad.

En las tempranas épocas del mundo, de acuerdo a la crono­logía de las Escrituras, no había reyes; la consecuencia de lo cual es que no había guerras; es el orgullo de los reyes lo que lanza a la humanidad a la confusión. Holanda, sin un rey, ha disfrutado más de la paz durante este último siglo que cualquiera de los gobiernos monárquicos de Europa. La antigüedad favorece la misma afirmación, pues la vida tranquila y rural de los prime­ros Patriarcas tenía un algo feliz en ella que desaparece cuando llegamos a la historia de la realeza judía.

El gobierno de reyes fue introducido originalmente en el mundo por los paganos, de los cuales los hijos de Israel copiaron la costumbre. Fue la invención más próspera que el demonio jamás haya puesto en pie para la promoción de la idolatría. Los paganos rendían honores divinos a sus reyes muertos, y el mundo cristiano ha mejorado su plan haciendo lo mismo a sus reyes vivientes. ¡Cuán impío es el título de sagrada majestad aplicado a un gusano; que en medio de su esplendor está desmoronándose en polvo!

Igual que no se puede justificar de acuerdo con los iguales derechos naturales la exaltación de un hombre tan por encima de los demás, tampoco puede ser ello difundido a base de la autoridad de las Escrituras, pues la voluntad del Todopoderoso según declarado por Gedeón, y el profeta Samuel, expresamente desaprueba el gobierno de reyes. Todas las porciones antimonárquicas de las Escrituras han sido comentadas en forma suavizante en los gobiernos monárquicos, pero indudablemente merecen la atención de los países que aún tienen que formar sus gobiernos. “Dad al César lo que es del César” es la doctrina cortesana de las Escrituras, sin embargo, no es un apoyo para un gobierno monárquico, pues los judíos en aquel tiempo estaban sin rey y en un estado de vasallaje para con los romanos.

Pasaron cerca de tres mil años, desde el relato mosaico de la creación, hasta que los judíos pidieron un rey bajo una falsa ilusión nacional. Hasta entonces, su forma de gobierno excepto en casos extraordinarios en que el Todopoderoso se interponía era una especie de república, administrada por un juez y los ancianos de las tribus. Reyes no tenían y se consideraba pecaminoso el reconocer a cualquier ser bajo ese título que no fuera el Señor de los Ejércitos. Y cuando un hombre reflexiona seriamente respecto del homenaje idólatra que se rinde a la persona de los reyes, no debe maravillarse de que el Todopoderoso, siempre celoso de su honra, desapruebe una forma de gobierno que tan impíamente invade la prerrogativa del cielo.

La monarquía se considera en las Escrituras como uno de los pecados de los judíos, por el cual un castigo futuro se proclama en contra de ellos. La historia de tal suceso merece ser atendida.

Al ser los hijos de Israel atacados por los medianitas, Gedeón marchó contra éstos con un pequeño ejército, y la victoria se decidió a su favor por medio de la interposición divina. Los judíos exaltados con el éxito, y atribuyéndolo al mando de Gedeón, propusieron hacerlo rey, diciendo, “Reina tú sobre nosotros, tú, tu hijo y los hijos de tu hijo”. Aquí estaba la turbación a su mayor alcance, no sólo un reino sino uno hereditario. Pero Gedeón, en la piedad de su alma contestó, “No reinaré yo sobre vosotros, ni reinará mi hijo sobre vosotros”. EL SEÑOR REINARA SOBRE VOSOTROS. Las palabras no pueden ser más explícitas, Gedeón no declina el honor sino que niega el derecho de ellos a otorgarlo; ni les halaga con declaraciones inventadas de su agradecimiento, sino que en el estilo positivo de un profeta les acusa de ser desafectos a su propio Soberano, el Rey del Cielo.

Alrededor de ciento treinta años después de esto, cayeron nuevamente en el mismo error. El ansia que tenían los judíos por las costumbres idólatras de los paganos es algo tremendamente inexplicable; pero en tal forma lo era que, tomando como excusa la mala conducta de dos de los hijos de Samuel, que tenían encomendados algunos asuntos seculares, vinieron en una forma abrupta y clamorosa hacia Samuel, diciendo: “Mira; tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. Pon ahora un rey sobre nosotros que nos juzgue, como lo tienen todos los pueblos”. Y aquí no podemos menos que observar que sus motivos eran malos, o sea, que ellos pudieran ser como otras naciones, es decir, los paganos, en tanto que su verdadera gloria yacía en ser lo más diferentes de ellos como les fuera posible. “Desagradó a Samuel esta propuesta que le expresaron: Danos un rey que nos juzgue. E hizo Samuel oración al Señor. Respondió el Señor a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo cuanto te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí, PARA QUE REINE SOBRE ELLOS. Todo lo que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta este día, en que me han dejado para servir a otros dioses, lo mismo hacen también contigo. Ahora, pues, escucha su voz, pero da testimonio contra ellos y les anuncia los fueros del rey que va a reinar sobre ellos”, es decir, no de cualquier rey particular sino la forma general de los reyes terrestres que Israel estaba tan ansiosamente copiando. Y a pesar de la gran distancia de tiempo y costumbres, la calidad aún está de moda. “Y Samuel refirió al pueblo que le había pedido un rey, todas las palabras del Señor, y dijo: Este será el derecho del rey que va a reinar sobre vosotros: Tomará a vuestros hijos, y los empleará para sus carros, y como jinetes suyos para que corran delante de su carroza” (esta descripción concuerda con la presente forma de hacer levas de reclutas) “y los constituirá capitanes de mil, y capitanes de cincuenta, y los hará labrar sus tierras, segar sus mieses y fabricar sus armas de guerra, y los pertrechos de sus carros. Y de entre nuestras hijas sacará per­fumistas, cocineras y panaderas” (esto describe el gasto y lujo tanto como la opresión de los reyes) “y tomará lo mejor de vuestros campos, vuestras viñas y vuestros olivares y los dará, a sus servidores. Y tomará el diezmo de vuestras sementeras y vuestras viñas, para hacer regalos a sus cortesanos y servidores” (por lo cual vemos que el soborno, corrupción, favoritismo son los vicios permanentes de los reyes) “y tomará también vuestros siervos y vuestras siervas, y los escogidos de entre vuestros jóvenes, y vuestros asnos, y los empleará para sus trabajos; y to­mará asimismo el diezmo de vuestros rebaños, y vosotros seréis siervos suyos. Entonces clamaréis a causa de nuestro rey que os habéis escogido: PERO EN AQUEL DIA EL SEÑOR NO OS RESPONDERA.” Esto explica la continuación de la monarquía; el buen carácter de los pocos reyes buenos que des­de entonces han vivido tampoco santifica su título ni borra su origen pecaminoso; el alto encomio dado a David no toma nota de él oficialmente como rey, sino sólo como hombre a manera de Dios mismo. “El pueblo no quiso escuchar la voz de Samuel, sino que dijeron: ¡No, no! ¡Que haya un rey sobre nosotros! ¡Que seamos también nosotros como todos los pueblos! ¡Que nos juz­gue nuestro rey, y salga al frente de nosotros para pelear nues­tras guerras!” Samuel continuó razonando con ellos pero sin éxito; les señaló su ingratitud, pero nada prevaleció; y viendo que estaban, totalmente inclinados hacia su locura, gritó, “yo invocaré al Señor, y Él enviará truenos y lluvias” (lo cual era entonces un castigo, estando en tiempo de la cosecha de trigo) “para que sepáis y veáis cuán grande a los ojos del Señor es el pecado que habéis cometido, PIDIENDO PARA VOSOTROS UN REY”. Invocó, pues, Samuel al Señor, y el Señor envió ese mismo día truenos y lluvias, con lo cual todo el pueblo concibió gran temor al Señor y a Samuel. Y dijo todo el pueblo a Samuel, Ruega al Señor, tu Dios,  por tus siervos para que no muramos, pues A TODOS NUESTROS PECADOS HEMOS AÑADIDO LA MALDAD DE PEDIR PARA NOSOTROS UN REY”. Es­tas porciones de las Escrituras son directas y positivas. No ad­miten interpretación equivoca alguna. Que el Todopoderoso ha registrado aquí su protesta contra el gobierno monárquico es cierto, o las Escrituras son falsas. Y que el hombre tiene buena razón para creer que hay tanta artimaña de reyes como artimaña de sacerdotes en ocultar del público las Escrituras en los países papistas. Pues la monarquía en cada caso es la propiedad del gobierno.

A la maldad de la monarquía, hemos añadido el de la sucesión hereditaria; y tal como la anterior es una degradación y un menoscabo de nosotros mismos, así la posterior, reclamada como una cuestión de derecho, es un insulto y una imposición sobre la posteridad. Pues siendo los hombres originalmente iguales, ninguno puede, por nacimiento, tener un derecho a erigir para siempre su familia en una perpetua preferencia sobre las demás y aunque el mismo pueda ser merecedor de algún grado razonable de honores de sus contemporáneos, sin embargo sus descendientes pueden ser demasiado poco dignos de heredarlos. Una de las pruebas naturales más fuertes de la locura del derecho hereditario de reyes es que la naturaleza lo desaprueba, de lo contrario no lo tornaría ridículo tan a menudo al darle a la humanidad un burro en vez de un león.

Segundo, en igual forma en que ningún hombre podía al principio poseer otros honores’ públicos que los que les fueron otorgados, así los dadores de sus honores no tenían poder para regalar el derecho de la posteridad, y aunque podían decir, “Te escogemos como nuestra cabeza,” no podían sin injusticia mani­fiesta para con sus hijos decir “que tus hijos y los hijos de tus hijos reinen sobre nosotros para siempre.” Porque todo pacto poco sabio, injusto y no natural podía quizás en la próxi­ma sucesión colocarlos bajo el gobierno de un tunante o de un tonto.

La mayoría de los hombres sabios, en sus sentimientos privados siempre han tratado el derecho hereditario con desprecio; pero, es uno de esos males que una vez establecidos no son fácilmente removidos; muchos se someten por miedo, otros por superstición, y la parte más poderosa comparte con el rey el saqueo del resto.

Esto es suponiendo que la presente raza de reyes en el mundo tuvo un origen honorable. En tanto que es más que probable que, si pudiéramos quitarle la oscura capa de antigüedad y trazarla a su primer surgimiento, encontraríamos al primero de ellos ser nada mejor que el rufián principal de alguna banda inquieta, cuyos modales salvajes o preeminencia en sutileza le ganaron el título de jefe entre los saqueadores y que por aumento de su poder y la extensión de sus saqueos, coaccionó a los tranquilos o indefensos a comprar su seguridad mediante contribuciones frecuentes. Pero sus electores no podían tener en mente concederle derechos hereditarios a sus descendientes, porque tal exclusión perpetua de ellos mismos era incompatible con los principios libres e ilimitados conforme a los cuales profesaban vivir. Por cuanto, la sucesión hereditaria en las épocas tempranas de la monarquía no podía tener lugar como una cuestión de derecho, sino como algo casual o complementario: pero como pocos o ningunos registros existían en aquellos días, y la historia tradicional estaba repleta de fábulas, era muy fácil, después del transcurso de unas cuantas generaciones, inventar algún cuento supersticioso convenientemente fechado, al estilo de Mahoma, para forzar al vulgo a tragarse el derecho hereditario. Quizás los desórdenes que amenazaban o que parecían amenazar al fallecimiento de un jefe y la elección de uno nuevo (pues las elecciones entre rufianes no podían ser muy ordenadas) indujeron a muchos al principio a favorecer las pretensiones hereditarias; por cuyo medio sucedió, como ha sucedido desde entonces, que aquello a lo cual primero hubo sumisión como una conveniencia más tarde se reclamó como un derecho.

Inglaterra ha conocido desde la conquista: algunos pocos monarcas buenos, pero ha gemido bajo el número mucho mayor de malos; sin embargo, ningún hombre en su cabal sentido puede decir que el título de aquellos reyes desde Guillermo el Conquis­tador es uno muy honorable. Un bastardo francés que desem­barca con una banda de facinerosos armados y se establece como rey de Inglaterra contra el consentimiento de los nativos es, en palabras llanas, de un origen vil e infame. Ciertamente no tiene en sí divinidad alguna. Sin embargo, está de más perder mucho tiempo en exponer la locura del derecho hereditario; si existen aquellos tan débiles que la crean, que se les permita pro­miscuamente adorar al burro y al león, y enhorabuena. Yo ni co­piaré su humildad ni perturbaré su devoción.

Pero me gustaría preguntar ¿cómo suponen ellos que los reyes vinieron al principio? La pregunta sólo admite una de tres contestaciones, o sea, por sorteo, por elección, o por usurpación. Si el, primer rey fue seleccionado basado en sorteo, establece un precedente para el próximo, que excluye la sucesión hereditaria. Saúl fue seleccionado por sorteo; sin embargo, la sucesión no era hereditaria, ni tampoco aparece de tal transacción que habla intención alguna de que lo fuera jamás. Si el primer rey de cualquier pala lo fue por elección, eso igualmente establece un precedente para el próximo; pues decir que es quita el derecho de todas las generaciones futuras al hacerse la elección, no sólo de un rey, sino de una familia de reyes para siempre, no tiene otro paralelo dentro o fuera de las Escrituras que la doctrina del pecado original, que supone que la libre voluntad de todos los hombres se perdió con Adán; y de tales comparaciones, y no admitirá otra, la sucesión hereditaria no puede derivar gloria alguna. Pues así como en Adán todos pecaron, y así como en el primer elector todos los hombres obedecieron; así como en uno toda la humanidad estaba sujeta a Satanás, y en el otro a la soberanía; así como nuestra inocencia se perdió en el primero y nuestra autoridad en el último; y como ambos nos inhabilitan para reanudar algún estado y privilegio anterior, resulta incontestablemente que el pecado original y la sucesión hereditaria son paralelos. ¡Rango deshonroso! ¡Conexión sin gloria! pero el más sutil sofista no puede producir una similitud más justa.

En cuanto a la usurpación, nadie será tan osado como para defenderla; y que Guillermo el Conquistador fue un usurpador es un hecho que no ha de ser contradicho. La verdad llana es que la antigüedad de la monarquía inglesa no resiste examen.

Pero no es tanto lo absurdo sino la maldad del derecho hereditario lo que preocupa a la humanidad. Si asegurara una raza de hombres buenos y sabios, tendría el sello de la autoridad divina, pero, como abre la puerta a los tontos, los malvados, y los ineptos, tiene dentro de sí la naturaleza de la opresión. Los hombres que consideran que ellos han nacido para reinar y otros para obedecer, pronto se tornan insolentes. Seleccionados del resto de la humanidad, sus mentes pronto se envenenan de importancia; y el mundo en el cual actúan difiere tan radicalmente del mundo en general que no tiene sino poca oportunidad de conocer su verdadero interés y, cuando suceden al gobierno, son frecuentemente los más ignorantes e indignos en toda la extensión de los dominios.

Otra maldad que acompaña a la sucesión hereditaria es que el trono está sujeto a ser poseído por un menor de cualquier edad; durante cuyo tiempo toda la regencia, actuando bajo la cubierta de un rey, tiene toda oportunidad y móvil para traicionar su encomienda. La misma desgracia nacional sucede cuando un rey agobiado por la edad y las dolencias entra en la última etapa de la debilidad humana. En ambos casos, el público se convierte en presa de cada descreído que pueda anteponerse con éxito a las locuras, ya sea de la ancianidad o de la infancia.

La alegación más plausible que jamás se haya ofrecido en favor de la sucesión hereditaria es que preserva a la nación de las guerras civiles, y, si esto fuera cierto, pesaría grandemente; mientras que es la falsedad más descarada jamás impuesta sobre la humanidad. Toda la historia de Inglaterra desmiente el hecho. Treinta reyes y dos menores han reinado en ese reino perturbado desde la conquista, durante cuyo tiempo han habido (incluyendo la Revolución) no menos de ocho guerras civiles y diecinueve rebeliones. Por cuanto en vez de hacer por la paz, hace en su contra y destruye la base misma sobre la que parece apoyarse.

La rivalidad por la monarquía y la sucesión entre las casas de York y Lancaster colocó a Inglaterra en un escenario de sangre durante muchos años. Doce batallas campales, aparte de escaramuzas y asedios se libraron entre Enrique y Eduardo. Enrique fue dos veces prisionero de Eduardo, quien a su vez fue prisionero de Enrique. Y tan insegura es la suerte de la guerra y el temple de una nación, cuando sólo cuestiones personales son la base de una lucha, que Enrique fue llevado en triunfo de una prisión a un palacio, y Eduardo obligado a huir de un palacio a una tierra extranjera; sin embargo, como las transiciones súbitas raras veces duran, Enrique a su vez fue lanzado del trono, y Eduardo llamado nuevamente a sucederle, siguiendo siempre el Parlamento al lado del más fuerte.

Este conflicto comenzó con el reino de Enrique VI y no sé extinguió totalmente hasta Enrique VII, en quien las familias se unieron. Incluyó un período de sesenta y siete años, o sea, desde 1422 a 1489.

En resumen, la monarquía y la sucesión han colocado (no este o aquel reino solamente) sino al mundo entero en sangre y cenizas. Es una forma de gobierno en contra de la cual la palabra de Dios testifica, y que ha de estar acompañada de sangre.

Si inquirimos en las ocupaciones de un rey, encontraremos que en algunos países pueden no tener ninguna; y luego de pasada una vida haragana sin placer para ellos ni provechos a la nación se retiran de la escena, y dejan a sus sucesores al pisar la misma senda ociosa. En las monarquías absolutas todo el peso de las ocupaciones civiles y militares yace sobre el rey; los hijos de Israel en su solicitud por un rey, urgieron esta petición, “que nos juzgue, y salga al frente de nosotros y pelee nuestras batallas.” Pero en países en que no es ni un juez ni un general, como en Inglaterra, un hombre estaría confundido al pensar cuál es su función.

Mientras más se asemeja cualquier gobierno a una república, menos actividad hay para un rey. Es algo difícil encontrar un nombre propio para el gobierno de Inglaterra. Sir William Meredith lo llama una república; pero en su estado presente no es digno del nombre, porque la influencia corrupta de la corona, al tener todos los cargos a su disposición, se ha tragado tan efectivamente el poder y la virtud de la Cámara de los Comunes (la parte republicana en la constitución) que el gobierno de Inglaterra es casi tan monárquico corno el de Francia o España. Los hombres rechazan los nombres sin comprenderlos. Pues es la parte republicana y no la monárquica de la constitución de Inglaterra la que los ingleses glorifican, o sea, la libertad de elegir una Cámara de los Comunes que fuere de su propio gusto y es fácil ver que la esclavitud surge, cuando las virtudes republicanas fallan. ¿Por qué está enfermiza la constitución de Inglaterra sino porque la monarquía ha envenenado a la república; la corona ha absorbido a los Comunes?

En Inglaterra el rey tiene poco más que hacer que guerrear y regalar puestos, que en términos llanos es empobrecer a la nación y hacerla reñir. ¡Bonito negocio realmente el que se conceda a un hombre ochocientas mil libras esterlinas al año y además ser venerado por ello! De más valor para la sociedad es un hombre honrado, y a los ojos de Dios, que todos los rufianes coronados que jamás hayan vivido.

Pensamientos Sobre el Presente Estado

de Asuntos Americanos

En las páginas que siguen no ofrezco sino simples hechos, argumentos llanos y sentido común; y no tengo otros asuntos previos que arreglar con el lector que pedirle que se libre de prejuicios y preconcepciones y permita a su razón y a sus sentimientos decidir por ellos mismos; que no se ponga, o mejor dicho, que no se quite, el verdadero carácter de un hombre y que generosamente extienda su vista más allá del presente día.

Se han escrito volúmenes sobre el tema de la lucha entre In­glaterra y América. Hombres de todos los rangos se han embarcado en la controversia, por diferentes motivos, y con varios propósitos; pero todos han sido inefectivos, y el período de de­bate está cerrado. Las armas como último recurso deciden la controversia; el llamado ha sido la decisión del rey, y el continente ha aceptado el desafío.

Se ha dicho que el finado Sr. Pelham (quien, aunque un hábil ministro, no carecía de faltas) al ser atacado en la Cámara de los Comunes por la razón de que sus medidas eran sólo de tipo transitorio, replicó, “sólo durarán el curso de mi vida”. Si un pensamiento tan fatal y poco viril se posesionara de las colonias en el presente conflicto, el nombre de los antepasados será recordado con odio por las futuras generaciones.

El sol nunca brilló sobre una causa de mayor valía. No es el asunto de una ciudad, de un condado, de una provincia, o de un reino sino de un continente de por lo menos una octava parte del globo habitable. No es el interés de un día, un año, o una época; la posteridad está virtualmente envuelta en el conflicto y será más o menos afectada aun hasta el fin del mundo por los procedimientos presentes. Ahora es la época de la siembra de la unión, la fe y el honor continentales. La menor fractura ahora será corno un nombre grabado con la cabeza de un alfiler en la corteza tierna de un roble joven; la herida crecería con el árbol, y la posteridad la leería en letras crecidas.

Pasando de la argumentación a las armas, se ha acuñado una nueva era para la política ‑ un nuevo método de pensamiento ha surgido. Todos los planes, propuestas, etc., previas al 19 de abril, o sea, al comienzo de las hostilidades, son como los almanaques del año pasado que, aunque adecuados entonces, están sobreseídos y son inútiles ahora. Sea cual fuere lo que se ha adelantado por los delegados de cada lado en la cuestión de entonces, tenla como finalidad el mismo punto, o sea, una unión con Gran Bretaña; la única diferencia entre las partes era el método de llevarla a cabo; la una proponiendo la fuerza, la otra la amistad, pero hasta el presente ha sucedido que la primera ha fallado, y la segunda ha retirado su influencia.

Tanto se ha dicho sobre las ventajas de la reconciliación, que como sueño agradable se ha desvanecido y nos ha dejado como estábamos, que no es sino correcto que examinemos el lado contrario de la argumentación e inquiramos sobre algunas de las muchas injurias materiales que estas colonias soportan, y siempre soportarán, al estar conectadas con la Gran Bretaña y ser dependientes de ella; examinar la conexión y la dependencia, a base de los principios naturales y de sentido común; ver aquello en lo cual podemos confiar si estamos separados, y qué hemos de esperar, si dependientes.

He oído afirmar por algunos que, como América ha prosperado bajo su antigua conexión con Gran Bretaña, la misma conexión es necesaria para su felicidad futura y siempre tendrá el mismo efecto. Nada puede ser más falaz que este tipo de argumento. Podemos en igual manera afirmar que, porque un infante se ha desarrollado vigorosamente con leche, nunca ha de comer carne, o que los primeros veinte años de nuestra vida han de ser un precedente para los próximos veinte. Pero aun esto admite más de lo que sabemos ser cierto; pues yo contesto redondamente que América hubiera prosperado tanto, y probablemente mucho más, al ningún poder europeo se hubiera fijado en ella. El comercio mediante el cual se ha enriquecido a al misma la constituyen los productos básicos de la existencia y siempre tendrán un mercado mientras en Europa esté de moda el comer.

Pero nos ha protegido, dicen algunos. Que nos ha absorbi­do es cierto, y defendido el continente a nuestra costa tanto como a la de ella, se admite; y hubiera defendido a Turquía por el mismo motivo, o sea, por el intercambio y el dominio.

¡Ay de nosotros! hemos sido conducidos equivocadamente por antiguos prejuicios y hecho grandes sacrificios a la superstición. Nos hemos jactado de la protección de Gran Bretaña sin considerar que su motivo era su interés y no la adhesión a nosotros y que no nos protegía a nosotros contra nuestros propios enemigos por nuestra cuenta a sino contra sus enemigos por su propia cuenta, de aquéllos que no tenían querella con nosotros por ninguna otra causa, y que siempre serán nuestros enemigos por la misma razón. Deje Bretaña a un lado sus pretensiones al continente, o dejen que el continente eche abajo su dependencia, y estaríamos en paz con Francia y España aunque ellas estuvie­ran en guerra con Bretaña. Las desgracias de la última guerra de Hannover debe advertirnos en contra de las conexiones con otros países.

Se ha afirmado últimamente en el Parlamento que las colonias no tienen otra relación unas con otras sino a través de la madre patria, es decir, que Pennsylvania y las Jerseys y así por, el resto, son hermanas colonias por vía de Inglaterra; ésta es ciertamente una forma muy indirecta de probar un parentesco, pero es la más cerca y la única forma de proveer enemistad (o enemistía, si así puedo llamarlo). Francia y España nunca fueron, ni quizás serán jamás, nuestros enemigos como americanos, sino por ser nosotros los súbditos de Gran Bretaña.

Pero Bretaña es la madre patria, dicen algunos. Entonces mayor la vergüenza de su conducta. Ni los brutos devoran a sus crías, ni los salvajes hacen guerra contra sus familias; por lo que la afirmación, de ser cierta, se torna en reproche; pero sucede no ser cierta, o sólo parcialmente, y la frase pariente o madre patria ha sido adoptada jesuíticamente por el rey y sus parásitos, con una baja intención papista de ganar un ventajoso prejuicio sobre la crédula debilidad de nuestras mentes, Europa, y no Inglaterra, es la madre patria de América. Este nuevo mundo ha sido el asilo para los perseguidos amantes de la libertad civil y religiosa de todas partes de Europa. Hacia aquí han huido, no de los tiernos abrazos de la madre, sino de la crueldad del monstruo; y es tan cierto de Inglaterra que la misma tiranía que echó a los primeros emigrantes de su casa persiguió aun a sus descendientes.

En este rincón extenso del globo, olvidamos los límites estrechos de trescientos sesenta millas (la extensión de Inglaterra) y llevamos nuestra amistad en mayor escala; reclamamos hermandad con cada europeo cristiano, y nos preciamos de la generosidad del sentimiento.

Es agradable observar por cuáles gradaciones regulares nos sobreponemos a la fuerza de los prejuicios locales, según agran­damos nuestra familiaridad con el mundo. Un hombre nacido en cualquier pueblo de Inglaterra dividido en parroquias se asociará naturalmente más con los de su misma parroquia (porque en muchos casos sus intereses serán comunes) y le distinguirá con el nombre de vecino; si lo encuentra sólo a unas millas de su ca­sa, deja caer la idea estrecha de una calle y lo saluda por el nombre de compueblano; si viajare fuera del país y lo encon­traré en algún otro, olvida las divisiones, menores de calle y pue­blo, y lo llama compatriota, es decir, hombre de mi patria, pero si en sus excursiones extranjeras habrían de encontrarse en Francia, o en cualquier otra parte de Europa, su recuerdo de la localidad se identificaría con el inglés. Y por una justa similitud de razonamiento, todos los europeos que se encuentran en América, o en cualquier otro rincón del globo, son compatriotas; pues Inglaterra, Holanda, Alemania o Suecia al comparar­se con el todo, ocupan el mismo lugar en una mayor escala, que las divisiones de calle, pueblo y condado ocupan en las menores distinciones demasiado limitadas para mentes continentales. Ni un tercio de los habitantes, aun en esta provincia son de descen­dencia inglesa. Por ende desapruebo la frase de pariente o madre patria aplicada sólo a Inglaterra, como falsa, egoísta, estrecha y poco generosa.

Pero, admitiendo que todos fuéramos de descendencia inglesa, ¿a qué suena ello? A nada. Bretaña, siendo ahora un abierto enemigo, extingue todo otro nombre y título; y decir que la reconciliación es nuestro deber, es realmente ridículo. El primer rey de Inglaterra de la presente línea de sucesión (Guillermo el Conquistador) era francés, y la mitad de los pares de Inglaterra son descendientes del mismo país, por consiguiente, en virtud del mismo método dé razonamiento, Inglaterra debe ser gobernada por Francia.

Mucho se ha dicho acerca de la fuerza unida de Bretaña y las colonias, que en conjunción podrían desafiar al mundo. Pero esto es mera presunción, la suerte de la guerra es incierta, ni significan nada las expresiones, pues este continente nunca permitiría el que habitantes sean reclutados para sostener las armas británicas ya sea en Asia, Africa, o Europa.

Además, ¿qué tenemos nosotros que ver con poner al mundo en desafío? Nuestro plan es el comercio, y eso, bien atendido, nos asegurará la paz y amistad de toda Europa porque es el interés de toda Europa tener a América por puerto libre. Su comercio siempre será una protección, y su ausencia de oro y plata la asegurará contra invasores.

Reto al defensor más ardiente en favor de la reconciliación a demostrar una sola ventaja que este continente puede cosechar en estar vinculado a la Gran Bretaña. Repito el reto: no se deriva ni un solo beneficio. Nuestro maíz obtendrá su precio en cualquier mercado en Europa, y nuestros bienes importados tienen que pagarse, cómprense donde los compremos.

Pero las injurias y las desventajas que soportamos por tal vinculación, son innumerables; y nuestro deber hacia la humanidad en general, tanto como hacia nosotros mismos, nos instruye a renunciar a la alianza. Pues cualquier sumisión para con, o dependencia hacia la Gran Bretaña, tiende directamente a envolver a este continente en las guerras y luchas europeas y a ponernos en desacuerdo con naciones que de otro modo buscarían nuestra amistad y contra las cuales no tenemos ni coraje ni queja. Como Europa es nuestro mercado para comercio, no debemos establecer nexo parcial alguno con ninguna parte de ella. Es el verdadero interés de América el mantenerse alejada de los conflictos europeos, lo cual nunca puede hacer mientras por su dependencia de Inglaterra, constituya una contribución al peso en la balanza de la política británica.

Europa está demasiado espesamente sembrada de reinos para estar durante mucho tiempo en paz, y cuando la guerra surge entre Inglaterra y cualquier poder extranjero, el comercio de América se arruina por su conexión con Bretaña. La próxima guerra puede no resultar como la última y, de ser así, los defensores de la reconciliación de ahora estarán deseando para entonces una separación, porque la neutralidad en tal caso sería un convoy más seguro que un buque de guerra. Todo lo que sea correcto o razonable aboga por la separación. La sangre de los muertos, la voz llorosa de la naturaleza grita, ES TIEMPO DE SEPARARNOS. Aun la distancia a la cual el Todopoderoso ha colocado a Inglaterra y América es una prueba fuerte y natural de que la autoridad de la una sobre la otra nunca fue el propósito del cielo. El momento en que el continente fue descubierto añade igualmente peso al argumento, y la forma en que fue poblado aumenta su fuerza. La Reforma fue precedida del descubrimiento de América. Como si el Todopoderoso generosamente hubiere intentado proveer un santuario a los perseguidos de los años por venir, cuando el hogar no habría de proveer ni amistad ni seguridad.

La autoridad de Gran Bretaña sobre este continente es una forma de gobierno que tarde o temprano tiene que terminar. Y una mente seria no puede derivar ningún placer verdadero al mirar hacia adelante, con la convicción dolorosa y positiva de que lo que él llama “la presente constitución” es meramente temporera. Como padres, no podemos tener alegría, sabiendo que este gobierno no es lo suficientemente duradero para asegurar nada que podamos legar a la posteridad. Y por un sencillo método de argumentación, como estamos haciendo incurrir en deuda a la próxima generación debemos realizar su trabajo, de lo contrario: los usamos mezquina y lastimosamente. Para descubrir la línea de nuestro deber correctamente, debemos tomar a nuestros hijos de la mano y fijar nuestra posición unos años más adelante en la vida; esa eminencia ofrecerá un prospecto que unos pocos miedos y prejuicios presentes nos ocultan de la vista.

Aunque yo evitaría cuidadosamente el ofender innecesariamente, sin embargo, estoy inclinado a creer que todos los que defienden la doctrina de reconciliación pueden ser incluidos en las siguientes descripciones.

Hombres interesados, en quienes no se ha de confiar, hombres débiles que no pueden ver, hombres prejuiciados que no quieren ver, y cierto grupo de hombres moderados que piensan mejor acerca del mundo europeo que lo que se merece; y esta última clase, por una deliberación equivocada, será la causa de más calamidades para con este continente que todas las otras tres.

Constituye la buena suerte de muchos el vivir lejos del escenario de la presente tristeza; la maldad no es lo suficientemente llevada a sus puertas para hacerles sentir la precariedad con que toda propiedad americana se posee. Pero dejemos que nuestras, imaginaciones nos transporten por unos momentos a Boston; ese lugar de miseria nos enseñará sabiduría y nos instruirá para siempre a renunciar un poder en el cual no podemos confiar. Los habitantes de esa desafortunada ciudad, que hace unos meses estaban en la holgura y la opulencia, no tienen ahora otra alternativa que quedarse y morir de hambre o salir a mendigar. Puestos en peligro por el fuego de sus amigos si continúan dentro de la ciudad, y saqueados por la soldadesca si la dejan, en su presente situación son prisioneros sin esperanza de rescate y en un ataque general para su socorro estarían expuestos a la furia de ambos ejércitos.

Hombres de temperamento pasivo consideran ligeramente las ofensas de la Gran Bretaña y, aun esperando lo mejor, están aptos a clamar, “Vamos, vamos, seremos amigos nuevamente a pesar de todo esto.” Pero examinen las pasiones y sentimientos de la humanidad. Traigan la doctrina de la reconciliación a la piedra de toque de la naturaleza, y entonces díganme ¿pueden ustedes en adelante amar, honrar y servir fielmente al poder que ha llevado el fuego y la espada a su propia tierra? Si ustedes no pueden hacer todo esto, entonces ustedes sólo se están engañando a sí mismos, y con su tardanza están ya trayendo la ruina sobre la posteridad. Su conexión futura con Bretaña, a la cual no pueden amar ni honrar, será forzada y no natural, y estando formada sólo sobre el plan de conveniencia presente, en poco tiempo habrá de caer en una reincidencia más desgraciada que la primera. Pero si ustedes dicen que todavía se pueden pasar por alta las violaciones, entonces yo pregunto, ¿Ha sido su casa quemada? ¿Ha sido destruida su propiedad ante sus propios ojos? ¿Están su esposa e hijos sin cama en qué dormir, o pan del cuál vivir? ¿Ha perdido usted a un padre o hijo a manos de ellos, y es usted mismo el sobreviviente infeliz y arruinado? Si usted no ha experimentado esto, entonces no es juez de aquéllos que si lo han experimentado. Pero al usted lo ha sufrido, y puede aún dar la mano a los asesinos, entonces usted no es digno del nombre de esposo, padre, amigo, o amante, y sea cual fuere su rango o título en la vida, usted tiene el corazón de un cobarde y el espíritu de un adulador.

Esto no es inflamar o exagerar los hechos, sino probarlos mediante esos sentimientos y afectos que la naturaleza justifica, y sin los cuales seríamos incapaces de cumplir con los deberes de la vida o gozar sus alegrías. No intento mostrar con el propósito de provocar venganza, sino para despertarnos de un sueño fatal y poco varonil, con el fin de que podamos perseguir con determinación algún objeto fijo. No está en el poder de Bretaña o de Europa el conquistar a América, si ella misma no se conquista por tardanza y timidez. El invierno presente vale toda una época si se emplea correctamente, pero si se pierde o descuida, todo el continente participará en el infortunio; y no hay castigo que ese hombre no se merezca, sea quien sea, sea lo que sea, esté donde esté, si fuere el instrumento para sacrificar una temporada tan preciosa y útil.

Es repugnante a la razón, al orden universal de las cosas, a todos los ejemplos de las épocas anteriores, el suponer que este continente puede perdurar durante largo tiempo sujeto a cualquier poder exterior. Los más optimistas en Bretaña no piensan así. La dilatación más grande de la sabiduría humana no puede, en estos momentos, forjar un plan, que no sea la separación, que pueda prometer al continente una seguridad siquiera de un año de duración. La reconciliación es ahora un sueño falaz. La naturaleza ha abandonado el vínculo y el arte no puede tomar su lugar. Pues, como Milton sabiamente expresa, “nunca puede la verdadera reconciliación crecer allí donde las heridas del odio mortal han penetrado tan profundamente.”

Todo método tranquilo en favor de la paz ha sido inefectivo. Nuestras súplicas han sido rechazadas con desdén y han tendido a convencernos de que nada halaga la vanidad o confirma la obstinación de los reyes más que las repetidas solicitudes y nada ha contribuido más que esa misma medida a hacer a los reyes de Europa absolutos. Son testigos de ello Dinamarca y Suecia. Por tanto, si nada excepto la violencia tendría resultados, por amor de Dios lleguemos a la separación final y no dejemos a la próxima generación el que se degüellen los unos a los otros violando los nombres de padre e hijo que en esa situación no tendría sentido alguno.

Decir que nunca más lo intentarán es vano y visionario; nosotros lo creíamos al momento de la revocación de la Ley de Sellos (Stamp Act), pero un año o dos nos desengañaron; igualmente podríamos suponer que las naciones que una vez han sido derrotadas nunca más renovarán su querella.

En cuanto a los asuntos del gobierno no está dentro del poder de Bretaña hacer justicia a este continente; el manejo de ello pronto será demasiado pesado y complicado para ser administrado con grado alguno tolerable de conveniencia, por un poder tan distante de nosotros, y tan grandemente desconocedor de nosotros; pues si no nos pueden conquistar, no nos pueden gobernar. El estar siempre corriendo tres o cuatro mil millas con un informe o una petición, esperando cuatro o cinco meses por una contestación, la cual, una vez obtenida, requiere cinco o seis meses más para explicarla internamente, se considerará dentro de unos pocos años como una locura y una niñería. Hubo un tiempo en que fue propio, y hay un tiempo propio para que cese.

Islas pequeñas incapaces de protegerse a sí mismas son el objeto natural para que un gobierno las tome a su cuidado; pero hay algo absurdo en suponer que un continente ha de ser perpetuamente gobernado por una isla. En ningún caso ha hecho la naturaleza al satélite más grande que su planeta primario; y como Inglaterra y América, ambas la una respecto de la otra, invierten el orden natural común, es evidente que pertenezcan a sistemas diferentes. Inglaterra a Europa; América a sí misma.

No me inducen motivos de orgullo, partido o resentimiento a exponer la doctrina de separación e independencia; estoy persuadido clara, positiva y conscientemente que es el verdadero interés de este continente ser así; que todo lo que no llega a eso es un mero parche, que no puede proveer felicidad duradera – que es dejar la espada a nuestros hijos y encogernos de miedo hacia atrás en un momento en que un poquito más, un poquito más lejos, habría de volver a este continente la gloria en la tierra.

Como Bretaña no ha manifestado la menor inclinación hacia un arreglo, podemos estar seguros de que no se pueden obtener términos dignos de la aceptación del continente, o en forma alguna iguales al gasto de sangre y tesoro en que ya hemos incurrido.

El objeto por el cual se contiende debe siempre estar en una justa proporción al gasto. La remoción de North, o de toda la junta detestable, es una cuestión indigna de los millones que hemos gastado en ello. La interrupción temporera del comercio fue un inconveniente que hubiera balanceado suficientemente la revocación de las leyes de las cuales había quejas, al se hubieran obtenido las revocaciones; pero al todo el continente tiene que tomar las armas, si cada hombre tiene que ser un soldado, casi no vale la pena el pelear solamente contra un ministerio despreciable. Caro, muy caro pagamos la revocación de las leyes, si es eso todo aquello por lo cual luchamos; pues, en una justa estimación, es tan gran locura pagar el precio de un bunker hill por ley como por tierra. Como siempre he considerado la independencia de este palo como un acontecimiento que tarde o temprano tiene que llegar, así del rápido progreso del continen­te hacia la madurez, el acontecimiento no puede estar lejano. Por lo que al romper las hostilidades, no valía la pena haber dis­putado un asunto que el tiempo finalmente había de arreglar, a menos que pensáramos actuar seriamente; de lo contrario era como botar una herencia en un pleito legal; para regular las instrucciones de un inquilino cuyo contrato estaba justamente expirado. Ningún hombre hizo votos más calurosos por la recon­ciliación que yo, antes del fatal 19 de abril de 1775, pero en el momento en que se dio a conocer el suceso de ese día, rechacé al Faraón endurecido y de genio intratable de Inglaterra para siempre; y desprecio al mísero que, con el pretendido título de PADRE DE SU PUEBLO, puede insensiblemente oír la matan­za y dormir tranquilamente con su sangre sobre su alma.

Pero admitiendo que las cosas se arreglaran ahora, ¿cuál sería la consecuencia? Yo contesto: la ruina del continente. Y eso por varias razones. Primero, que permaneciendo aún en las manos del rey los poderes de gobernación, mantendrá el veto sobre toda la legislación de este continente. Y como ha mostrado ser un enemigo tan perseverante de la libertad, y revelado tal sed de poder arbitrario, ¿es, o no es él, una persona propia para decir a estas colonias, “Ustedes no harán otras leyes sino las que me plazcan”? Y ¿existe algún habitante de América tan ignorante como para no saber que, de acuerdo, con lo que este continente llama la presente constitución, este continente no puede hacer sino aquellas leyes para las cuales el rey da permiso; y hay un hombre tan imprudente como para no ver que (considerando lo que ha sucedido) él no permitirá que se haga aquí otra ley sino aquella que le cuadre a su propósito? Pode­mos estar tan efectivamente esclavizados por la falta de leyes en América como sometiéndose a las leyes hechas para nosotros en Inglaterra. Luego que las cosas se arreglen (como se dice), ¿puede haber alguna duda de que todo el poder de la Corona se ejercerá para mantener a este continente tan reducido y humil­de como sea posible? En vez de adelantar iremos hacia atrás, o estaremos perpetuamente peleando, o ridículamente haciendo peticiones. Ya somos más grandes de lo que el rey desea que seamos, ¿y no tratará en adelante de hacernos menos? Para llevar el asunto a lo principal ¿es el poder que envidia nuestra prosperidad un poder adecuado para gobernarnos? Quienquiera que diga “No” a esta pregunta es un Independiente, pues la independencia no significa más que esto, si hemos de hacer nuestras propias leyes o si el rey, el enemigo más grande que tiene o puede tener este continente, ha de decirnos, “no habrá otras leyes sino aquellas que me gusten.”

Pero el rey, ustedes dirán, también tiene el derecho al veto en Inglaterra; la gente allá no puede hacer leyes sin su consentimiento. En lo tocante al orden correcto y lógico, es algo muy ridículo que un joven de veintiuno (lo cual ha sucedido fre­cuentemente) haya de decir a varios millones de personas mayo­res y más sabías que él mismo, “Prohibo que este o aquel proyecto de ustedes sea ley”. Pero en este caso rechazo este tipo de respues­ta, aunque nunca cesaré de exponer lo absurdo de ello, y la úni­ca contestación que doy es la de que Inglaterra, siendo la resi­dencia del rey, y América no siéndola, torna el caso muy dife­rente. La negativa del rey aquí es diez veces más peligrosa y fa­tal que lo que puede ser en Inglaterra; pues allá escasamente rehusará su consentimiento a un proyecto que coloque a Inglaterra en un estado de defensa tan fuerte como sea posible, y en América nunca permitiría que se aprobara tal proyecto.

América es solamente un objetivo secundario en el sistema político británico; Inglaterra nos consulta sobre el bienestar de este país no más lejos de lo que responde a su propio propósito. Por lo que su propio interés la conduce a suprimir el crecimiento del nuestro en cada caso que no promueve la ventaja de ella, o en lo más mínimo interfiere con el de ella. ¡En bonito estado estaríamos pronto bajo tal gobierno de segunda mano, considerando lo que ha sucedido! Los hombres no se cambian de enemigos a amigos por el cambio de un nombre. Y a fin de demostrar que la reconciliación ahora es una doctrina peligrosa, afirmo que sería buena política del rey en este momento revocar los estatutos, con el objeto de reinstalarse a sí mismo en el gobierno de las provincias; A fin de que ÉL PUEDA CONSEGUIR MEDIANTE MAÑA Y SUTILEZA, A LA LARGA, LO QUE NO PUEDE HACER POR FUERZA Y VIOLENCIA EN POCO TIEMPO. La reconciliación y la ruina están relacionadas de cerca.

Segundo, que como aun los mejores términos que podemos esperar obtener no pueden llegar a más que un expediente tem­porero, o a una especie de gobierno por tutoría, que no puede durar más que hasta que las colonias lleguen a su mayoría, así la faz y el estado general de cosas estará en el interín inestable y será poco prometedor. Los emigrantes que sean propietarios no escogerán venir a un país cuya forma de gobierno cuelga de un hilo, y que cada día está tambaleándose al borde del tu­multo y el disturbio. Y un número de los que al presente lo ha­bitan aprovecharían el intervalo para disponer de sus cosas y dejar el continente.

Pero el argumento más poderoso está en que nada sino la independencia, es decir, una forma continental de gobierno, puede mantener la paz del continente y conservarlo libre de guerras civiles. Tengo horror de la eventualidad de una reconciliación con Bretaña ahora, pues es más que probable que será seguida de una revuelta en algún sitio u otro, cuyas consecuencias podrían ser más fatales que toda la maldad de Bretaña.

Millares están ya arruinados por la barbaridad británica (otros millares probablemente sufrirán la misma suerte). Esos hombres tienen sentimientos diferentes a los nuestros, pues na­da hemos sufrido. Todo lo que ahora poseen es la libertad; lo que antes gozaban se ha sacrificado a su servicio, y, no tenien­do nada más que perder, desprecian la sumisión. Además, el temple general de las colonias hacia un gobierno británico será como el del joven que casi ha cumplido su aprendizaje; ellos se preocuparán muy poco de Inglaterra. Y un gobierno que, no pue­de preservar la paz no es un gobierno en absoluto; y en tal caso pagamos nuestro dinero para nada; y, por Dios, ¿qué es lo que Bretaña puede hacer, cuyo poder estará todo en papel, si surgiere un tumulto civil al día siguiente a la reconciliación? He oído a algunos hombres decir, muchos de los cuales creo que hablaron sin pensar, que tenían horror de una independencia, te­miendo que producirá guerras civiles. Casi nunca nuestros pri­meros pensamientos son verdaderamente correctos, y eso es lo que ha ocurrido en este caso; pues hay que temer diez veces más de un arreglo inadecuado que de la independencia. Hago mío el caso del que padece, y protesto que, si yo fuera echado de casa y hogar, mi propiedad destruida, y mi situación arruinada, que como hombre, sensible a los daños, nunca podría gustar de la doctrina de reconciliación o considerarme a mí mismo ligado por ella.

Las colonias han demostrado tal espíritu de buen orden y obediencia al gobierno continental como es suficiente para dejar a cada persona razonable tranquila y feliz en cuanto a ese punto. Ningún hombre puede señalar la menor pretensión para sus miedos sobre otro fundamento que aquellos que son verdaderamente infantiles y ridículos, o sea, que una colonia estará luchando por superioridad sobre otra.

Donde no hay distinciones no puede haber superioridad, la igualdad perfecta no provee tentación. Las repúblicas de Europa están todas (y podemos decir siempre) en paz. Holanda y Suiza están sin guerras, extranjeras o domésticas. Los muchos gobiernos monárquicos, es cierto, nunca están por mucho tiempo tranquilos, la corona misma es una tentación a los rufianes emprendedores en su propio país; y ese grado de orgullo e insolencia, que siempre acompaña a la autoridad real, se hincha hasta la ruptura con poderes extranjeros en casos en que un gobierno republicano, estando formado sobre principios más naturales, negociaría el error.

Si hay alguna causa verdadera de miedo respecto de la independencia, es porque no se ha estructurado un plan todavía. Los hombres no ven su salida. Por tanto, como una apertura hacia dicho asunto ofrezco las siguientes sugerencias, afirmando modestamente al mismo tiempo que no tengo de ellas yo mismo otra opinión que la de que pueden ser el medio del que surja algo mejor. Si se pudiera reunir los pensamientos dispersos de lo individuos servirían de material para que hombres sabios y hábiles los mejoren en forma útil.

Que las asambleas sean anuales, con un presidente solamente. La representación más igual, su negocio totalmente doméstico, y sujeto a la autoridad de un Congreso Continental.

Que cada colonia esté dividida en seis, ocho, o diez distritos convenientes cada distrito a enviar un número propio de delegados al Congreso, para que cada colonia envíe por lo menos treinta. El número total en el Congreso será por lo menos 390. Cada Congreso se reunirá y elegirá un presidente por el siguiente método. Cuando los delegados se hayan reunido, que una colonia se escoja por sorteo de las trece colonias; que el Congreso escoja (por elección) un presidente de entre los delegados de esa provincia. En el próximo Congreso, que se tome una colonia por sorteo de doce solamente, omitiendo la colonia de donde se seleccionó el presidente en el Congreso anterior, y así consiguien­temente hasta que todas las trece hayan tenido su debida rota­ción. Y de modo que nada pase a ser ley sino lo que es satisfac­toriamente justo, no menos de tres quintos del Congreso ha de ser llamado una mayoría. Aquél que promoviere la discordia, bajo un gobierno formado tan equitativamente, se habría unido a Lucifer en su revuelta.

Pero como una peculiar delicadeza de la cual, o en cuya forma, este asunto tiene primero que surgir, y como parece de lo más agradable y consistente que deba venir de algún cuerpo intermedio entre los gobernados y los gobernadores, esto es, entre Congreso y el pueblo, que una CONFERENCIA CONTINENTAL se celebre en la siguiente forma, y con el siguiente propósito.

Un comité de veintiséis miembros del Congreso, o sea, dos para cada colonia. Dos miembros de cada cámara de asamblea, o convención provincial; y cinco representantes del pueblo en general, a ser escogidos en la ciudad o pueblo capital de cada provincia, para, y a nombre de, toda la provincia, por tantos votantes cualificados como crean propio concurrir de todas partes de la provincia con tal propósito; o, si fuere más conveniente los representantes pueden escogerse en dos o tres de las partes más pobladas de la misma. En esta CONFERENCIA, así reunida, estarán unidos los dos grandes principios de negocio, conocimiento y poder. Los miembros del Congreso, asambleas, o convenciones, por haber tenido experiencia en asuntos nacionales, serán consejeros hábiles y útiles, y el todo, estando autorizado por el pueblo, tendrá una verdadera autoridad legal.

Habiéndose reunido los miembros conferenciantes, que sea su propósito formular una CARTA CONTINENTAL, o Carta Constitucional de las Colonias Unidas (correspondiente a lo que se llama la Magna Carta de Inglaterra), fijando el número y forma de escoger los miembros del Congreso, miembros de la Asamblea, con la fecha de la toma de posesión; y estableciendo el tipo de asuntos y la jurisdicción entre ellos. Siempre recordando, que nuestra fuerza es continental, no provincial. Asegurando la libertad y propiedad a todos los hombres, y, sobre todas las cosas, el libre ejercicio de la religión, de acuerdo a los dictados de la conciencia; con aquellos otros asuntos que sea necesario que una carta contenga. Inmediatamente luego de lo cual la dicha conferencia ha de ser disuelta, y los organismos que serán escogidos conforme a esta carta, serán los legisladores y gobernantes de este continente entre tanto, cuya paz y felicidad, que Dios preserve. AMEN.

Si hubiera en lo sucesivo de ser delegado cualquier cuerpo de hombres para este o similar propósito, les ofrezco los siguientes extractos de aquel sabio observador de gobiernos, DRAGONETTI. “La ciencia”, dice él, “del político consiste en fijar el punto verdadero de la felicidad y la libertad. Aquellos hombres merecerían la gratitud de las épocas que descubrieran un modo de gobierno que contuviere la más grande suma de felicidad individual con el menor gasto nacional”.

¿Pero dónde, dicen algunos, está el rey de América? Le diré, Amigo, él reina arriba, y no hace estrago de la humanidad como el Real Bruto de Gran Bretaña. Pero con tal de que no aparezcamos ser defectuosos aun en honores terrenales, que se separe solemnemente un día para proclamar la carta; que surja de la ley divina, la Palabra de Dios; que se coloque una corona sobre ella, para que el mundo sepa que en tanto aprobamos la monarquía, que (sic) en América LA LEY ES EL REY. Pues así como en los gobiernos absolutos el rey es la ley, igualmente en países libres la ley debe ser el rey, y no debe haber ningún otro. Pero para que no surja más tarde algún mal uso, que a la conclusión de la ceremonia la corona sea demolida y diseminada entre la gente a quienes le pertenece.

Un gobierno de nosotros mismos es nuestro derecho natural, y cuando un hombre reflexiona seriamente sobre la precariedad de los asuntos humanos, se convencerá de que es infinitamente más sabio y más seguro formar una constitución de nosotros mismos en una forma fría y deliberada, mientras está en nosotros el poder, que confiar un asunto tan interesante al tiempo y la suerte. Si lo omitimos ahora, algún Massanello puede surgir en el futuro, que echando mano a las inquietudes populares, pueda reunir a los desesperados y a los descontentos y asumiendo para sí los poderes de gobierno, finalmente barran las libertades del continente como un diluvio. Si el gobierno de América retornara una vez más a las manos de Bretaña, la situación tambaleante de las cosas será una tentación para algún aventurero desesperado probar su fortuna; y en tal caso, ¿qué alivio puede dar Bretaña? Antes de que pudiera oír las noticias, el asunto fatal podría haberse llevado a cabo; y nosotros sufriendo como los desgraciados británicos bajo la opresión del conquistador. Ustedes que se oponen a la independencia ahora, ustedes no saben lo que hacen; ustedes están abriendo una puerta a la tiranía eterna al no constituir gobierno y mantenerlo vacante. Hay miles y docenas de miles que considerarían glorioso lanzar del continente a ese poder bárbaro e infernal, que ha incitado a los indios y a los negros a destruirnos; la crueldad tiene una doble culpa, está tratando brutalmente con nosotros, y traicioneramente con ellos.

La habladuría de amistad con aquéllos en los cuales nuestra razón nos prohibe confiar, y que nuestros afectos heridos en mil poros nos instruyen a detestar, es demencia y locura. Cada día gasta los pequeños restos de parentesco entre nosotros y ellos; y ¿puede haber razón alguna para esperar que, según expira el parentesco, el afecto aumentará o que hemos de acordar mejor cuando tengamos diez veces más y más grandes intereses sobre los cuales luchar que nunca?

Ustedes que nos hablan de armonía y reconciliación, ¿pueden ustedes restaurarnos el tiempo que está pasando? ¿Pueden ustedes dar a la prostitución su anterior inocencia? Tampoco pueden ustedes reconciliar a Bretaña y América. La última vinculación está ahora rota; la gente de Inglaterra está presentando memoriales en contra de nosotros. Hay agravios que la naturaleza no puede perdonar; dejaría de ser naturaleza si lo hiciera. Tanto puede el amante perdonar al violador de su amada como el continente perdonar los asesinatos de Bretaña. El Todopoderoso ha implantado en nosotros estos sentimientos inextinguibles con buenos y sabios propósitos. Son los guardianes de su imagen en nuestro corazón. Nos distinguen del rebaño de animales comunes. El impacto social se disolvería, y la justicia sería extirpada de la tierra, o sólo tendría una existencia casual, si fuéramos insensibles a las conmociones del afecto. El ladrón y el asesino a menudo escaparían sin castigo si no fuera porque las ofensas a nuestros temperamentos nos obligan a hacer justicia.

¡Oh! ¡Ustedes que aman la humanidad! ¡Ustedes que se atreven a oponerse no sólo a la tiranía sino al tirano, presén­tense! Cada lugar del Viejo Mundo está desbordado de opresión. La libertad ha sido perseguida alrededor del mundo. Asia y África hace tiempo la expulsaron. Europa la considera como una extraña, e Inglaterra le ha dado aviso de partir. Oh, reciban a la fugitiva y preparen a tiempo un asilo para la huma­nidad…