Departamento de Historia | Academia Cristo Rey, Ponce, Puerto Rico

Rivalidades entre Francia e Inglaterra

RIVALIDADES ENTRE FRANCIA E INGLATERRA POR EL

DOMINIO DEL NORTE Y EL SUR DE AMÉRICA

 

 

La Nueva Francia

 

            Cuando España y Portugal se repartieron el Nuevo Mundo, Francisco I, Rey de Francia, como Enrique VII de Inglaterra, en su día, puso los ojos en América, para fundar en sus tierras ubé­rrimas la Nueva Francia.

            El italiano Juan Verrazano y el francés Jacques Cartier, al ser­vicio de Francia, hicieron escala en América, por las costas del Canadá, pero ninguno de ellos conquistaron beneficios en favor del reino galo.

Cartier llevó a efecto tres viajes. En el primero, descubrió el río San Lorenzo y echó las bases de Québec. En el segundo, en­contró a los indios de Stadacona, que le condujeron a un lugar llamado Hochelaga, donde hoy está emplazado Montreal. Nada se determinó de estos viajes. Y Francisco I, cansado de gastar dinero, sin resultados, abandonó a Cartier.

           No fue hasta el reinado de Enrique IV, que surgió de nuevo entre los franceses, el interés por colonizar en tierras firmes de América. Samuel Champlain, financiado por un rico militar quien se asoció, obtuvo el monopolio del comercio con el Canadá.   En 1605, fundó la primera colonia Francesa. Soñaba con los tesoros del Oran Khan.  Murió en 1635, en los momentos en que Francia y España entraban en guerra.

          Terminada dicha guerra, ventajosamente para Francia, el Car­denal Richelieu, ministro universal de Luis XIII, al mismo tiempo que fomentaba la colonia fundada por Champlain, se interesó en colonizar en las Antillas y constituyó la compañía de las Islas de América. Cinco años después, el saldo entre las potencias europeas era el siguiente: Holanda poseía Curazao, San Eustaquio, San Martín y Bonaire. Inglaterra: las Barbados, Nevis, Montserrat y La Antigua. Francia: las Martinicas, Guadalupe, Deseada, San Cris­tóbal, Santa Lucía y Maria Galante. A pesar de los progresos en América, de las naciones antes mencionadas, España era aún, con excepción de las tierras del Brasil, pertenecientes a Portugal, la dueña y señora de la América del Sur; de los virreinatos de la Nueva España, la Nueva Granada y el mar del Plata; de las ca­pitanías generales de las Antillas: Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico pues Jamaica la había perdido a manos de Cromwell, en 1655.               

         En 1659, llegó al Canadá Francisco Javier Laval, de Montmoren­cy, prelado francés, luego Obispo de Québec. Los civiles y mili­tares lo recibieron mal. La pugna inclinó a Colbert, ministro abso­luto de Luis XIV, a liquidar la compañía monopolizadora y a tomar directamente la dirección de la política en Ultramar. Una vez el Canadá, en manos de la corona, ésta comenzó a enviar tropas y súbditos a esas tierras. Los oficiales, de buenas familias francesas, se encantaron con aquella esplendorosa naturaleza, que en esas latitudes puso la mano de Dios. La población comenzó a crecer  con alguna lentitud. Poco después, el Rey designó gobernador de la colonia a Luis de Buade, Conde de Frontenac, que imponía sú opinión aún por encima de la de Colbert. De Laval‑Montmorency, regresó a París, y presentó sus quejas al Monarca. Frontenac fue llamado a la Corte, y después de ser escuchado por el Rey, regresó al Canadá a imponer su voluntad. Construyó una cadena de forti­nes, a to largo de la frontera con la Nueva Inglaterra, y fomentó las guerras contra los indios, y hubo verdaderas carnicerías en Schenectady y en Lachine.

 

 

 

 

La Expedición de Sir William Phips

 

            La intromisión francesa molestaba a los ingleses. Sir Williams Phips, rico puritano de Boston, casado con una dama muy pode­rosa, decidió organizar el ataque contra Port‑Royal, en Canadá. Navegó el San Lorenzo y se apoderó de la ciudad. Continuó hacia Quebec. Mandaba una flota de varios navíos y se hallaban bajo sus órdenes unos diez mil hombres. Frontenac, ,ya muy anciano, recobró sus vigores, y derrotó a Phips. Éste, muy desilusionado, regresó a Boston, sin querer admitir que los papistas hubiesen derrotado a sus idolatrados puritanos.

 

Continúan los f ranceses internandose en América

 

           En 1673, Luis Jolliet, explorador francés, y el padre jesuita Jacques Marquette, cruzaron grandes extensiones de tierras y lle­garon hasta el río Misisipi. Más tarde, Roberto Cavalier de La Salle, siguió el mismo camino y alcanzó a ver el Golfo de México. Reclamó aquellos territorios y los bautizó con el nombre de Luisiana, en honor de su Rey Luis XIV de Francia.

            En 1718, Monsieur de Bienvilles, echó las bases de Nueva Or­leans, en la ría del Misisipi. En esta época Francia dominaba las dos mayores entradas acuáticas, en el corazón de América. Las del Misisipi, por el Sur, y las del San Lorenzo, por el Norte. Com­binadas estas dos grandes vías fluviales, con los lagos del Norte, proporcionaban a los franceses una ruta de agua dulce, que podían llegar todas a enlazarse. En efecto, canalizando esos caminos de agua por medio de pequeños barcos y de canoas, trasladadas por tierra de unos ríos a otros, exploradores y mercaderes se adue­ñaban de la inmensidad de aquellas tierras, comprendidas entre los Apalaches y las montañas Rocosas.

            El comercio de pieles creció de un modo fantástico. Los pro­yectos de La Salle eran grandiosos, pero no pudo llevarlos a cabo, porque murió asesinado por uno de los suyos. Tanto poder debía asegurarle a la Nueva Francia, como ya le llamaban a aquellas tie­rras, un verdadero imperio. No fue así. La colonización francesa estaba gestada por muy pocos hombres, a diferencia de la inglesa ` que cada día contaba con mayor número de seres humanos.

            Las colonias británicas compartieron con su Metrópoli nume­rosos conflictos bélicos, a saber: la revolución protestante de 1688 de Guillermo de Orange y de Maria Estuardo, hija de Jacobo II, desplazado de su corona, por ser católico. Compartieron también los colonos, con Inglaterra, la guerra de Sucesión en España al morir Carlos II de Habsburgo, y dejar como herederos del trono a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, al que aborrecía el de Orange.

            Sufrieron las colonias las vicisitudes del trono, con la Reina Ana, hermana de María, y con la ascensión al trono de Jorge I, de Hanover, que no sabía hablar inglés y se sentía alemán hasta el tuétano; y se vieron envueltas en la guerra de la oreja de Jen­kins, provocada con motivo de haber sido ocupado un fuerte, por los españoles, en las islas Amelias; fuerte que había fabricado el general Oglethorpe, de las Carolinas.

            Vencidos todos estos obstáculos, durante el siglo XVIII, se veri­ficó la penetración del continente por los españoles y por los rusos, al respecto de la colonización de California. En efecto, en 1771, Escalante alcanzó el Gran Lago Salado, y en 1769 se fundar misiones en San Diego, en los Angeles, en Monterrey y en San Francisco. Mas los verdaderos enemigos de los ingleses, eran los franceses, cuyas posesiones en el Norte y en el Sur, impedían los pobladores de las colonias británicas avanzar hacia las fronteras del Oeste.

            En 1753, el gobernador de Virginia, alarmado por el avance francés, hacia el Sur, conectadas las aguas del lago Erie y las del lago Ontario, construyó el fuerte Niágara, sobre el río Ohio, envió al joven Jorge Washington, inspector del catastro, cuyo hermano había invertido buen dinero en aquellas tierras, a que le dijeron a las autoridades francesas, que dichas tierras habían sido concedidas a los colonizadores de Virginia en 1609. Los franceses pusieron oídos sordos. Al siguiente año, Washington, conocedor c aquellas localidades, pues anteriormente las había recorrido con Sir Thomas Fairfax, cuando éste reclamaba una gran parte d ellas, fue ascendido a Mayor, situándosele bajo su mando una nutrida milicia. Washington construyó en la frontera, un fuerte (Fort Necessity) a pocas millas del fuerte francés Duquesne, emplazándolo estratégicamente, en la confluencia del río Ohio que hoy corre a través de Pittsburgh. Surgió el choque y una fuerza francesa compuesta de soldados y de indios hurones, derrotaron a Washington, en la acción librada alrededor de dichos fuertes, el 4 de julio de 1754.

 

La guerra de los siete años

 

           Después de las escaramuzas, antes descritas, la frontera nor­to de las colonias inglesas, se vio muy expuesta a los ataques de los indios azuzados por los franceses. Delegados de siete de las trece colonias británicas, se reunieron en Albany, para discutir y acordar las medidas que debían tomarse frente al peligro francés. Una delegación india, a nombre de las «seis nacionesn (antes habían sido cinco), formaban la confederación iroquesa Mohawks, Cayuga, Oneida, Onondaga, Seneca y Tuscarosa‑ fue muy bien recibida.

 

            En la reunión, Benjamín Franklin, propuso que las colonias británicas debían unirse y presentar frente de batalla. Los oficiales ingleses se opusieron y los administradores de las colonias también. Estos últimos, temerosos de perder su independencia, rechazaron la idea, pero esta quedó flotando en el ambiente y en su momento oportuno, y para mayores empeños, sería recogida de nuevo.

            El fracaso unitario de Albany,  repercutió desfavorablemente.  Poco después llegó a la Nueva Inglaterra, el general Edward Brad­ford, al frente del regimiento de las casacas rojas (redcoats) y salió a combatir a los franceses. Víctima de una emboscada, cuan­do se encontraba a diez millas de sus objetivos, recibió la muerte y con él, 63 oficiales. Este desastre pudo haber sido peor, si Jorge Washington, con sus milicias, no hubiera cubierto la retirada de aquel pequeño ejército. En Londres, el gobierno se desalmidonó. Un gentil hombre, exclamó en la Cámara de los Comunes: «Nos han desbaratado! Ya no somos una nación.»

            En 1756, el conflicto entre Francia y la Gran Bretaña, afectó grandemente a Norteamérica, debido a la guerra de los Siete Años en Europa.

            Francia, Austria, Suecia y una parte de Alemania, atacaban a Inglaterra y a Prusia. En estas condiciones, William Pitt, más tarde Conde de Chatham, a pesar de la antipatía que le profesaba Jor­ge II, fue llamado a dirigir el gobierno, y se hizo cargo de la Pre­sidencia del Consejo de Ministros.  Pitt tenía que hacerle frente a la guerra en Europa y a la guerra en América. Su talento, su energía y sobre todo su gran honradez, demostrada cuando había sido pagador de las fuerzas armadas, corrían parejas con su enor­me vanidad y orgullo, y se condensaban en esta frase: «Yo sé que nadie más que yo, puede salvar a Inglaterra.» Bajo su dirección, el reino y sus colonias, tomaron la ofensiva; que es la manera mejor de defenderse. Designó, con destino a América, para con­tener a los franceses, a los generales Jeffrey Amsherst, James Wolfe, Jorge Howe y John Forbes.

 

            Durante dos años (1758‑59) los ingleses se anotaron grandes victorias y cambiaron el curso de la guerra. Fuerzas navales y terrestres, combinadas al mando del Almirante Charles Saunders y del general Jeffrey Amsherst, ocuparon Cabo Bretón, en Luisberg. Los fuertes Frontenac, Niágara, Crown Point, Quebec y Duquesne (que recibió después el nombre de Pittsburgh, en honor de Pitt) cayeron en manos británicas. La batalla de Quebec fue sangrienta y en ella murieron los generales: Marqués de Montcalm, francés, y James Wolfe, inglés, ambos muy jóvenes.

 

            España, temerosa de la importancia que adquiría la Gran Bretaña, tanto en Europa como en América, entró en el conflicto en favor de Francia, pero ya era muy tarde para variar el curso de los acontecimientos. Los ingleses ocuparon, en 1762, las Filipinas, La Habana, las Martinicas y Guadalupe. Temerosos sus adversarios de su poderío creciente, pidieron la paz, y el Tratado de Paris, de 1763, puso fin a la guerra. La Gran Bretaña se anexó el Canadá y la gran extensión de territorios que bajaban hacia el Sur. De­volvió a Franca las islas Saint-Pierre y Miquelón,  Guadalupe y la Martinica, y reintegró a España, las Filipinas y La Habana pero exigió La Florida. Francia, en compensación a los perjuicio; sufridos por el reino español, traspasó a éste una gran parte de Luisiana, aún sin explorar, y con ella, la ciudad de Nueva Orleáns ,.que pasó a ser gobernada por el Capitán General de Cuba. Con estas ganancias, Inglaterra había puesto las bases de un gran imperio.

 

Las colonias británicas después de 1763

 

            Después de las derrotas francesas, en aquellas guerras, las colonias británicas iniciaron un gran progreso. Y las emigraciones aumentaron considerablemente. En el Sur, a estas fechas, no todos descendían de los caballeros exiliados en tiempos de Cromwell.  Muchos de los nuevos colonos tenían su origen en hombres blan­cos pobres, que habían hecho fortuna. Los plantadores, enrique­cidos, tenían casas lujosas, con escudos reales o inventados en las portezuelas de sus grandes carruajes, y poseían verdaderas mu­chedumbres de esclavos. En el Norte, la clase dirigente había cambiado. Ya no gobernaban los sacerdotes, sino los mercaderes y los armadores, conocidos con el nombre de Gentry (alta burguesía) pero no vivían con la esplendidez y el boato que ostentaban los dueños del Sur. En general, las colonias no podían ser represivas con los hombres blancos. Éstos tenían a su disposición la frontera del Oeste, que desde el triunfo sobre la Nueva Francia, había co­menzado a moverse hacia el Pacífico. Los contratos de servidum­bre, Indentured Servant, permitían a los blancos pobres alquilarse por un término de cinco años. Al cumplirse, podían hacer to que les viniera en ganas. Generalmente, con lo que habían ahorrado, se internaban en la frontera, en busca de crearse una posición y de hacer capital, pues no hay obstáculos para los seres humanos cuando insisten en sus propósitos, movidos por el ideal del pro­greso.

            Los problemas políticos en las colonias, no eran los más im­portantes. Primero, hacer dinero. Después, aspirar a la represen­tación. A pesar de que el derecho al voto había sido regulado en favor de los propietarios (un mínimun dispuesto por la ley) la vida electoral era relativamente activa. Las reuniones se efectuaban en una casa escogida de antemano (meeting House) cuya arquitectura típica, mezclaba lo inglés y lo colonial. Celebraban sus sesiones en aquellos edificios (Town meeting) periódicamente.No siempre los candidatos eran los más populares ni los mejores. Los candidatos se seleccionaban en los «caucuses» (piñas) y se les  imponían a los votantes. Pero tanto los qué ejercían el sufragio, como los que carecían de él, tomaban gran interés en la selección de aquellos que debían formar las cámaras de burgueses, encar­gados de ponerle retranca a los excesos del Gobernador.

            La vida privada de los colonos estaba regulada por el Common Law. Estas leyes no pasaban de ser solamente tradiciones, y se escribían todas en favor de los hombres blancos. En el Sur, la vida era, tal vez, más distraída que en el Norte: bailes, conciertos, carreras de caballos, teatros, ferias, juegos de baraja, cacerías algunas de éstas con zorros importados. En Massachussets, el teatro se desarrolló después que las prácticas de los puritanos se suavizaron. En Filadelfia, los cuáqueros aún se oponían. El centro de la vida era el hogar, a la manera inglesa a holandesa. Desde luego, mucho más rústica que en Europa. Las casas estaban presididas por un ejemplar de la Biblia. En las paredes colgaban los retratos de los abuelos, de los padres y de alguno que otro pariente querido. Los retratistas eran muy bien pagados. John Copley, Benjamin West, Gilbert Stuart. Sus telas podían compa­rarse con las mejores de Europa, y superarlas.

      Suele decirse, que los colonos de América continuaron el tipo de civilización que existía al otro lado de los mares. Ésta es una verdad a medias, respecto de los Estados Unidos. La colonización del Norte muestra grandes diferencias con la del Sur, y con la de la América Latina y la del propio Canadá. América del Sur impor­tó la “anera de ser del español, con sus virtudes y sus defectos. Pero en los establecimientos de Norteamérica había muchas ra­zas. Lo superficial, lo que se veía a primera vista era inglés, pero su fondo, su trastienda, era distinta. Muebles, edificios y costum­bres, se parecían a lo británico, algunas con variantes. «Me entero ‑decía Edmund Burke ,en los Comunes que se han vendido tantos ejemplares de los comentarios de Blackstone en América como en Inglaterra.» Ciertamente. Pero esto no quería decir que la vida de la Metrópoli y de las colonias continuara por los mis­mos caminos ingleses. Estas diferencias habrían de verse muy pronto, en. el curso de los acontecimientos, y el «American way of life», a la postre, se impondría con todas sus características.

 

La línea fronteriza Mason‑Dixon (1763)

                                                                       

     Las diferencias entre el Norte y el Sur hacían necesario trazar la línea fronteriza entre dichas colonias. Dos agrimensores ingleses, Charles Mason y Jeremías Dixon la establecieron con carácter per­manente entre Maryland y Pensilvania. Esta línea fronteriza fue extendida hacia el Oeste en 1784 y se convirtió en el límite norteño de Maryland, Delaware y parte de Virginia. Este estado se dividió en dos durante la guerra civil y recibió el nuevo el nombre de West Virginia. Antes de la guerra civil, como veremos, la línea Ma­son‑Dixon era considerada la frontera del Este entre los Estados esclavistas y los Estados libres.

La línea Mason‑Dixon continúa siendo simbólicamente la divi­sión entre el Norte y el Sur.