La crisis regional de 1848
LA CRISIS REGIONAL: 1848 ‑ 61
LOS ORÍGENES DEL REGIONALISMO
La república transcontinental. Entre 1846 y 1848, con el arreglo del problema de Oregó y el Tratado de Guadalupe Hidalgo, los Estados Unidos se convirtieron, en todo sentidos, en una república transcontinental que abarcaba de un océano a otro. Except Alaska, Hawai y un pequeño sector de Arizona que sería adquirido por el Tratado d Gadsden en 1853, el país había alcanzado sus actuales límites territoriales. El crecimiento había sido notable; en el transcurso de cuarenta y cinco años, la frontera de Oeste habla avanzado desde el río Mississippi hasta el Océano Pacífico.
En cierto sentido la Adquisición del Sudoeste significó una realización de nacionalismo estadounidense. Ninguna otra nación de la Tierra había crecido tan rápidamente y ningún pueblo estaba más orgulloso de su nación que los estadounidenses, que se jactaban sin cesar, de la superioridad de las instituciones republicanas. Si embargo, irónicamente, el apogeo del crecimiento nacional también trajo consigo un crisis de unidad nacional al precipitar una enconada rivalidad entre dos regione disímiles del país: las áreas separadas por la linea Mason‑Dixon y el río Ohio.
El problema de rivalidades geográficas no era nuevo en los Estados Unidos. En u país mayor que toda la Europa Occidental, con una inmensa diversidad de suelos, rasgo topográficos y climas, habían surgido más de una vez conflictos entre los interese económicos de una zona y los de otra. En realidad, la historia de los Estados Unidos h estado llena de tales conflictos y a menudo éstos se han caracterizado por una división entre el Este y el Oeste. Tal cosa fue cierta, por ejemplo, en la disputa sobre el Banco d los Estados Unidos en la época de Jackson, y de nuevo en la pugna entre los defensore de la acuñación de plata y los partidarios del patrón oro en 1896. E1 tema de la rivalida regional ha sido tan persistente que los historiadores a veces discuten si los antagonismo más fuertes en la historia del país se han producido entre clases sociales en conflicto entre grupos étnicos, entre sectas religiosas o entre regiones en oposición.
De este modo, la crisis regional entre el Norte y el Sur, que alcanzó su clímax entr 1848 y 1860, no fue única en ningún sentido, aunque sí la más intensa. Generalmente la fuerzas regionales en competencia han buscado sólo lograr ventaja una sobre otra dentro de una Unión que ambas aceptaron, pero en esta ocasión el Sur llegó a discrepa tanto que hizo un esfuerzo titánico por separarse de la Unión.
La vida en el Sur. Los historiadores nunca han podido ponerse de acuerdo sobr algún factor único como causa primaria de esta división, pero todos coinciden en reconocer la existencia de un conjunto de factores coadyuvantes. En época tan remota como el siglo XVII, el Norte y el Sur se habían desarrollado siguiendo lineamiento distintos. Virginia, Maryland y las colonias del Sur habían basado sus economías e cultivos que estaban limitados a latitudes de clima cálido y que tenían una larg temporada de crecimiento. El tabaco, que fue el primero de dichos cultivos introducid en las colonias, fue seguido por el arroz y el añil en Carolina, el azúcar en Louisiana y más importante, el algodón, en todo el Extremo Sur. Para ,el cultivo de tales producto la plantación había evolucionado como unidad económica de producción y, dentro de sistema de plantación, el abastecimiento de mano de obra había llegado a consistir e negros importados de Africa como esclavos. El trabajo esclavo no fue predominant hasta el siglo XVIII, pero, aún antes de la Revolución Norteamericana, los esclavo habían llegado a superar en número a las personas libres en los distritos donde habí plantaciones. En 1850 el 32 por ciento de la población total del Sur estaba sometida esclavitud, y en Carolina del Sur y‑ en Mississippi los esclavos constituían la mayoría d la población.
La esclavitud. La esclavitud ofrecía una suprema paradoja, porque, aunque lo esclavos eran seres humanos, constituían también un objeto de propiedad. La complej relación entre amos y esclavos reflejaba esta situación. Por una parte, la mayoría de lo cristianos blancos reconocían la humanidad de los esclavos y creían que éstos tenían u alma inmortal que debía salvarse (por supuesto, la idea de una vida mejor después de 1 muerte también podía ser útil para desviar la inquietud del esclavo hacia el celo religioso). La ley consideraba a los esclavos como seres humanos al hacerlos pasibles d castigo por delitos importantes. Algunos amos insistían en la celebración de una boda entre las parejas de esclavos aunque éstos no podían estar legalmente casados. En la plantaciones donde los negros y los blancos se mezclaban en la vida cotidiana, a menud se desarrollaban entre ellos relaciones de amistad y‑áfecto. Aun el mito de los defensore de la esclavitud según el cual el esclavo “era feliz y no tenía preocupaciones”, que era más un reflejo de los castillos en el aire del hombre blanco que de la realidad, constituía una forma hipócrita de admitir el derecho del esclavo a la felicidad humana.
Por otra parte, el esclavo era un objeto, un artículo de propiedad. Podía ser comprado, vendido, hipotecado, legado por testamento o dado en pago de una deuda si su amo se declaraba en quiebra. No podía casarse legalmente ni tener propiedad ni, en la mayoría de los estados, aprender a leer y escribir. Un amo podía permitirle tener familia, ganar dinero, y aun comprar su libertad, pero hasta que fuese libre, el dinero, la esposa y los hijos podían serle arrebatados en cualquier momento.
Los males de la esclavitud pueden considerarse de diversas maneras. Muchos abolicionistas la condenaban primordialmente por su crueldad física: los azotes y las marcas, la separación de madres e. hijos en las subastas, las brutales condiciones de trabajo, especialmente para los que habían sido `.`vendidos río abajo” para trabajar en los plantíos de caña de azúcar, y el bajo nivel de su alimentación, sus ropas y su alojamiento. Sin duda, los esclavos sufrían crueldad y dureza, pero muchos de ellos eran tratados con bondad. El peor aspecto de la esclavitud fue, probablemente, su efecto psicológico sobre el que sufría, punto‑ que cada vez fue más subrayado por los abolicionistas. La extrema dependencia del esclavo con respecto a su dueño retardaba su madurez y, en algunos casos, “infantilizaba” su personalidad. E1 esclavo varón no podía ser un marido y un padre adecuado, debido a que no le era posible proteger a su mujer y a sus hijos. La esclava mujer era ‑más ó menos accesible sexualmente a los hombres de la clase dominante.
Por supuesto; esto no quiere decir que todos los esclavos fueran “infantiles” o totalmente dependientes. Los hombres blancos que manejaban con éxito las plantaciones sabían que necesitaban una mano de obra eficiente, y ninguna puede serlo si no es voluntaria. A veces los esclavos lograban un mejor trato trabajando con desgano o escondiéndose en los bosques durante un día o dos precisamente en el apogeo de la cosecha, cuando más se necesitaba de sus servicios. El capataz podía azotarlos, pero no prescindir de su trabajo, y no conservaría su empleo de capataz si tenía muchos problemas con ellos.
Además, a pesar de la represión, los esclavos sostenían una vigorosa cultura negra en gran medida independiente de las instituciones blancas que existían en torno de ellos Los dirigentes naturales en las barracas de los esclavos a menudo se convertían en elocuentes predicadores en la “institución invisible” de la iglesia negra, cuyas congregaciones tenían su culto aparte de los blancos (a veces secretamente) a pesar de las leyes en contrario. Algunos de estos predicadores, en especial Gabriel Prosser en 1800 y Nat Turner en 1831, fraguaron insurrecciones armadas para luchar por la libertad. Los esclavos crearon la música más original y conmovedora de los Estados Unidos anteriores a la guerra ‑los spirituals‑ que expresaban su anhelo de libertad así como su resignación ante el infortunio, y esa música evolucionó, después de la Guerra Civil, en el blues y, más tarde, en el jazz. Investigaciones recientes sugieren que aunque la esclavitud hizo dificil la vida familiar estable, una mayoría de esclavos establecieron fuertes vínculos de familia y parentesco. De este modo, aunque el cautiverio mutiló a muchas de sus víctimas tanto moral como psicológicamente, la fuerza compensadora de una cultura negra positiva proporciona un impresionante ejemplo de sobrevivencia frente a la adversidad.
Si bien es cierto que la “esclavitud tuvo efectos perjudiciales sobre los que la padecían, también lo es que ejerció graves efectos entre los, blancos sureños. Éstos vivieron constantemente a la defensiva, siempre temerosos de una insurrección de los esclavos y siempre conscientes de que esa institución estaba condenada por completo en la mayor parte de: mundo civilizado. Cómo resultado de ello, se aislaron.cada vez más, y se impusieron un “bloqueo intelectual” para mantener alejadas no sólo las ideas abolicionistas sino también” cualesquiera otras tendencias sociales que implicaran libertad o cambio. Para defender su sistema, idealizaron su sociedad como romántica y caballeresca y, en el mejor de lo casos, realizaron su ideal en el logro de una verdadera aristocracia. Sin embargo, la tradición paternalista fue mantenida a un alto costo, porque tendía a mantener estática a una sociedad y a evitar el cambio.
E1 sistema sureño, su vida rural y su mano de obra esclava había llevado al desarrollo de un temperamento algo conservador, de una marcada estratificación de clases sociales y de un tipo de sociedad paternalista. E1 poder de cada terrateniente para gobernar a sus propios trabajadores en su plantación había impedido el desarrollo de una autoridad pública fuerte. Como resultado de esto, la violencia era cosa común y las cualidades de valor personal y las‑ proezas fisicas eran especialmente valoradas. La práctica del duelo, por ejemplo, que había desaparecido en el Norte, todavía estaba vigente en el Sur. El prejuicio contra las mujeres que trabajaban fuera del hogar era mucho más intenso que en el Norte; incluso las maestras de escuela del Sur con frecuencia eran norteñas.
La vida en el Norte. Sería un error pensar que el Norte ofrecía un completo contraste con el Sur, porque la mayoría de la gente en los estados libres también se dedicaba a la agricultura y llevaba una vida rural. Sin embargo, la economía y la manera de vivir del Norte estaban más diversificadas. Como carecían de valiosos cultivos de exportación como el tabaco y el algodón, los yanquis se habían dedicado desde un principio al comercio como un medio de conseguir dinero para comprar las importaciones que necesitaban. Durante las guerras napoleónicas, cuando su comercio se desorganizó y el suministro de manufacturas importadas quedó interrumpido, habían empezado a establecer industrias. A medida que crecían las industrias lo hacían también las ciudades. La prosperidad y el rápido crecimiento económico fomentaron una creencia en el progreso y en la innovación, lo que era completamente diferente de las actitudes más tradicionales (o estáticas) que adoptaron los del Sur. Aunque el sistema de fábricas trajo asimismo consigo cierta medida de explotación de la mano de obra en forma de bajos salario, el hecho de que todos los hombres fuesen libres propició una mayor movilidad, mayor igualdad, más democracia y una estratificación social menos marcada que en el Sur. El Norte llegó a valorar las virtudes comerciales del ahorro, del espíritu emprendedor ‑y del trabajo intenso, en contraste con las virtudes más militares que tenían prioridad en el Sur.
Las diferencias de esta clase pueden exagerarse fácilmente, ya que una gran cantidad de norteamericanismo fronterizo prevalecía tanto en el Norte como en el Sur. El protestantismo evangélico era la religión dominante en ambas regiones. La persecución materialista de la riqueza motivaba a los plantadores de algodón tanto como a los industriales yanquis. A un europeo todos los estadounidenses le parecían presuntuosamente democráticos, y en la política sureña, el Partido Whig, favorecido por la mayor parte de los plantadores aristócratas, no podría haber competido en absoluto con el Partido Demócrata a no ser que hubiera adoptado los símbolos demócratas de la cabaña de troncos, la gorra de piel de mapache y el barril‑de sidra.
LAS BASES DEL ANTAGONISMO REGIONAL
No obstante, la disimilitud regional no lleva necesariamente al conflicto. En los Estados Unidos de nuestros días los estados que forman el cinturón difieren grandemente de los de la costa del Atlántico, pero tendemos a pensar que tales diferencias hacen que dichas áreas sean mutuamente complementarias, más que antagonistas. E1 antagonismo que llevó al Norte y al Sur a la guerra a mediados del siglo XIX necesita, por lo tanto, ser explicado.
Causas económicas. En cierto sentido, el antagonismo era económico debido a que los intereses comerciales distintos del Norte y del Sur hicieron que uno y otro favorecieran medidas económicas opuestas y que, por consiguiente, llegaran a un enfrentamiento político. En esencia, el Sur, con su economía basada en el algodón, porducía materia prima para una industria textil que tenía su centro en Gran Bretaña. Por lo tanto, el Sur vendía en el mercado mundial y a su vez necesitaba no sólo comprar sus artículos manufacturados donde eran más baratos, que era también en el mercado mundial, sino también mantener los impuestos y los costos del gobierno lo rnas bajo posible.
Para el Norte la necesidad era distinta Los industriales del Este, que no paz producir a precio tan barato como los ingleses, precisaban un arancel que los protegiera contra una competencia ruinosa (o que aumentara sus márgenes de beneficio), y cultivadores de grano del Oeste, que no tenían buenas vías de transporte para vender cosechas en el mercado, necesitaban carreteras y canales (es decir “mejoras internas”) Henry Clay, cuando ideó su “sistema estadounidense”, había percibido las posibilida des de una alianza por virtud de la cual el Noroeste apoyaría el arancel protector requerido por el Nordeste, y éste, a su vez, apoyaría las mejoras internas requeridas pa aquél. No sólo podría cada uno de ellos lograr su objetivo sino que uno y otro servirían lo mismo de mercado que de fuente de abastecimiento para el otro. Las ciudades del Este consumirían el grano del Oeste y le proporcionarían manufacturas, mientras que el cinturón agrícola compraría los artículos fabricados en las ciudades y enviaría a éstas los productos de sus cosechas.
Pero el Sur no encajaba ea éste plan. Para él, las mejoras internas significaban únicamente que estaría pagando parte de .los costos gubernamentales de un programa del cual no se beneficiaba en lo más mínimo y que, en realidad, desviaba comercio del propio sistema sureño del Mississippi llevándolo hacia el sur hasta Nueva Orleans. El arancel representaba no sólo que el Sur se vería impedido de comprar sus manufacturas a aquellos que le compraban sus materias primas sino que también se vería obligado por ley a pagar un precio superior, con apoyo arancelario, por los productos manufacturados que necesitaba. Como declaró en forma airada el virginiano John Randolph of Roanoke, “lo que ocurrirá es que pagaremos más por artículos peores”.
Debido a estos factores económicos el Norte y el Sur tendieron a votar el uno contra el otro en las cuestiones de arancel, de mejoras internas y de extensión del poder del gobierno central en general. Esta rivalidad había llegado a ser crítica en la época de la Controversia de la Anulación en 1833, cuando Carolina del Sur estaba dispuesta a desafiar la Ley Federal. La crisis se evitó sólo porque otros estados sureños no apoyaron a Carolina del Sur. El Sur, en conjunto, se resentía por la política económica federal, pero nunca se opuso a ésta hasta el punto de pensar en quebrantar la Unión, hacia la cual la mayoría de los sureños sentían una fuerte lealtad patriótica.
Agravamiento del problema de la esclavitud. Una causa más profunda de división fue, sin embargo, la institución, de la esclavitud. Hasta la década de 1770 la esclavitud apenas había sido considerada como una cuestión moral ‑excepto por los cuáqueros‑, y muchos piadosos navieros yanquis, de estrictas creencias puritanas, habían emprendido la trata de negros procedentes de Africa tan pronto como los plantadores de tabaco y de arroz del Sur empezaron a comprar esclavos como mano de obra. En época tan tardía como 1780 no existía división entre estados esclavistas y estados libres. Había esclavos en todos los estados de la Unión, y si no eran tan numerosos en el Norte se debía sólo a que resultaban menos ventajosos. Sin embargó, a fines del siglo XVIII (durante la Edad de la Razón o Siglo de las Luces) se empezó a atacar la esclavitud por parte de los que creían en la ley natural, en la igualdad humana y en los derechos del hombre. A1 mismo tiempo, el énfasis de las iglesias cambió de un interés limitado a la salvación personal del individuo a una aplicación más plena de la enseñanza cristiana en relación con la sociedad humana. De este modo, el cruel código penal de los primeros tiempos fue modificado, se adoptaron varias reformas sociales y se empezó a atacar la esclavitud.
Los estados desde Pennsylvania hacia el Norte participaron en este movimiento contra la esclavitud. Para 1804 todos ellos habían adoptado leyes para la inmediata o gradual emancipación de sus esclavos, y en 1808 el Congreso prohibió la importación de esclavos de Africa. Durante algún tiempo pareció que el Sur podría también participar en este movimiento. Los dirigentes sureños ilustrados, como Jefferson, condenaron la esclavitud en abstracto; había sociedades antiesclavistas activas en el Sur, y la restricción de la esclavitud al cultivo del arroz y el tabaco, que era estático y ya no resultaba provechoso, significó que la economía sureña en conjunto no dependiera de la mano de obra esclava. Sin embargo, Jefferson nunca liberó más que a un puñado de sus propios esclavos; las sociedades antiesclavistas del Sur dedicaron sus esfuerzos principalmente a estimular la emigración de negros libres; y el tono del sentimiento antiesclavista sureño, aparte de tos cuáqueros y de los primeros metodistas, fue un angustioso e inútil retorcerse de manos en presencia de aquel mal heredado, en vez de emprender una vigorosa acción para la eliminación del mismo.
La introducción del algodón inyectó mayor vitalidad al sistema de esclavitud. En el transcurso de una generación, el cultivo del algodón de fibra corta se extendió por el Extremo Sur, desde el centro de Georgia hasta las orillas del Brazos, en Texas. Cada década, de 1800 a 1860, el valor y el volumen de la cosecha se duplicaba. En esta economía dinámica y en expansión, el precio de los esclavos subía y bajaba con el precio del algodón. La esclavitud acompañó al algodón a las nuevas zonas abiertas a su cultivo, y para 1820 formaba parte esencial de todo el sistema del Sur.
Mientras esto ocurría, la humanitaria cruzada contra la esclavitud en Gran Bretaña (que la abolió en las Indias Occidentales en 1833), en Francia (que la abolió en 1848) y en los estados del Norte (donde los abolicionistas se mostraban cada vez más activos en sus censuras) produjo en el Sur una reacción defensiva. Para 1830 los dirigentes sureños ya no decían, como habían hecho al principio, que la esclavitud era un mal, pero que estaba demasiado arraigada para abolirla de golpe. En vez de eso empezaron a afirmar que la esclavitud era un positivo bien. La‑ defendían sosteniendo que estaba sancionada por la Biblia; que el negro era bilógicamente inferior al blanco; que la explotación de los trabajadores negros mediante el sistema de esclavitud no era tan dura como la explotación de los trabajadores blancos por el sistema de salarios, en virtud del cual el obrero obtenía sólo una magra subsistencia cuando trabajaba y ninguna en absoluto Ovando estaba sin empleo, y que, puesto que las divisiones sociales eran inevitables, el asignar la dirección a una clase y la subordinación a otra era mejor que tener una constante lucha entre clases.
Muy pronto el Sur se mostró tan a la ofensiva cuando se le censuraba, que no toleró la expresión de opiniones antiesclavistas. Se impuso un bloqueo intelectual, como se le ha llamado, sobre las ideas antiesclavistas. Entre tanto, en el Norte, el aumento de la actividad reformista y de los sentimientos humanitarios creaba una convicción cada vez más extendida de que la esclavitud era moralmente censurable.
A pesar de este desacuerdo en cuanto ala ética de la esclavitud, diversos Tutores evitaron un choque sobre esta cuestión. Para empezar, la esclavitud fue Generalmente considerada como asunto local de los estados más bien que como problema nacional del gobierno federal. (E1 intento de anulación de Carolina del Sur puede considerarse como un desafío a la autoridad del gobierno en este asunto, así como a materia de aranceles.) En esa época la gente pensaba en el sistema federal más una asociación libre de estados y menos como una nación consolidada, y se hallaba dispuesta a dejar muchos asuntos importantes en manos de la acción estatal. Además, se entendía generalmente que la Constitución, con sus cláusulas de “tres quintos” y de esclavos fugitivos (véase pág. 112), protegía el derecho del Sur a practicar la esclavitud. Sobre la base de tales estipulaciones los estados del Sur estuvieron de acuerdo incorporarse a la Unión.
Independientemente de la cuestión de la obligación legal o constitucional, mucha estadounidenses adoptaron la posición de que la armonía de la Unión era muy importante que la ética de la esclavitud; que no debía permitirse que el asunto de los esclavos debilitara la Unión y que los abolicionistas estaban equivocados al mantener una constante agitación sobre un problema que producía antagonismos regionales. Lo, abolicionistas, que se encontraban en minoría, sentían que la Unión no valía la pena de conservarse a no ser que estuviera basada en la libertad.
El problema de la extensión de la esclavitud. Todo esto significaba que mientras la institución de la esclavitud estuviera confinada a los estados esclavistas existentes, pocos norteños se hallaban dispuestos a actuar contra ella y que, por lo tanto, la misma no constituía un tema políticamente explosivo. Sin embargo, cuando se planteó el problema de la extensión de la esclavitud a nuevos territorios, la oposición fue mucho más decidida. En época tan temprana como la de la Ordenanza de 1787, el antiguo Congreso, bajo los Artículos de la Confederación, había estado de acuerdo en excluir la esclavitud de la región situada al norte del Ohio. No sólo había hombres sinceramente antiesclavistas decididos a “contener” la esclavitud, como diríamos ahora, sino también mucha gente que se preocupaba poco acerca de los males de la esclavitud, pero deseaba que los territorios aún no colonizados se reservaran sólo a los hombres blancos; y habla otros muchos que querían que dichos nuevos territorios apoyaran al Norte en la lucha económica entre éste y el Sur. El Sur, a su vez, estaba igualmente convencido de que el crecimiento del país no debía ser todo por el lado del Norte, dejando al Sur reducido a una minoría indefensa. Este sentimiento hizo que el Sur no estuviese dispuesto a conceder ni siquiera las zonas donde las perspectivas de que se extendiera la esclavitud eran escasas.
Debido a tales actitudes, la adquisición de cualquier territorio nuevo, su organización, y la admisión de cualquier estado nuevo, siempre habían involucrado un posible resurgimiento del problema de la esclavitud. Se había producido una crisis de esta clase en 1820, cuando Missouri solicitó la admisión como primer estado (excepto Louisiana) formado a consecuencia de la compra de Louisiana. Del mismo modo, la perspectiva de adquisición de territorio de México, como resultado de la guerra con este país, planteó una crisis más grave y prolongada a partir de 1846.
Unos pocos meses después de iniciarse la guerra de México, el Presidente Polk pidió al Congreso la asignación de dos millones de dólares para usarlos en la negociación de compra de tierras a México, al término del conflicto. Muchos demócratas del Norte se hallaban en esa época furiosos con Polk, en parte debido a que éste había apoyado un arancel bajo, y en parte porque sentían que había dejado incumplida la promesa por la que se le había elegido. El programa de Polk, que proponía la “reocupación” de Oregón y la “reanexión” de Texas así como “todo Oregón o nada”, había planteado la cuestión de la expansión sobre una base birregional, prometiendo Oregón, que sería seguramente territorio libre, al Norte, y Texas, que ya tenía establecida la esclavitud, al Sur. Pero, después de convertirse en Presidente, Polk había llegado a una transacción sobre Oregón, aceptando la frontera en el Paralelo 49° en vez del 549° 40′, aunque impulsó al máximo la expansión hacia el Sudoeste al hacer la guerra a México.
La cláusula Wilmot y las propuestas de Calhoun. Tal era el estado de cosas cuando David Wilmot, demócrata de Pennsylvania, presentó una propuesta en la Cámara de Representantes por la cual se disponía que la esclavitud debía prohibirse en cualquier territorio adquirido con los dos millones de dólares requeridos por Polk. Esta propuesta de resolución de tierras libres fue aprobada en la Cámara, donde el Norte era más fuerte, pero no pudo aprobarse en el Senado, donde el Sur tenía predominio. El desacuerdo entre el Senado y la Cámara marcó un estancamiento en el Congreso que duró cuatro años, impidió la organización de gobiernos para las nuevas áreas y causó un constante aumento en la tensión regional.
En 1848, al final de la guerra con México, los victoriosos Estados Unidos adquirieron, por el tratado de Guadalupe Hidalgo, los actuales estados de Nevada, California y Utah, la mayor parte de Arizona y Nuevo México, y sectores de Colorado y Wyoming; por este tratado México renunció a toda pretención sobre Texas al norte del río Grande. Ese mismo año se descubrió oro en California y, para 1849, la Carrera del Oro estaba en su apogeo. La necesidad de organizar las nuevas tierras era urgente, y la cuestión territorial se convirtió en el problema más importante de la vida política. En un extremo de este problema se encontraban Wilmot y los partidarios de las tierras libres, tanto whigs como demócratas, que pedían la exclusión de la esclavitud de los nuevos territorios por medio de una ley del Congreso. En el otro extremo, la mayoría de los whigs y demócratas sureños adoptaron la posición de John C. Calhoun. Este argumentaba que los territorios eran poseídos en común por todos los estados (más bien que por el gobierno federal, que era sólo un agente conjunto para los estados) y que todos los ciudadanos tenían igual derecho á llevar consigo sus pertenencias (incluidos los esclavos) al territorio común. Por consiguiente, el Congreso no tenía poderes constitucionales para excluir la esclavitud de cualquier territorio.
La doctrina de la soberanía popular. Los dirigentes políticos que deseaban alguna clase de ajuste o de solución intermedia no estaban satisfechos con la alternativa entre Wilmot o Calhoun, en la que uno nada concedía al Sur, y el otro, nada al Norte. Buscaron una posición más “moderada”, y algunos defendieron una extensión hasta el Pacífico de la línea del Compromiso de Missouri sobre el paralelo de 36° 30′. Con todo, la mayoría de ellos se sintieron más atraídos por una propuesta patrocinada por Lewis Cass, senador por Michigan, en favor de lo que se llamó‑ “soberanía popular” o “soberanía de los ocupantes”. Cass defendió que la solución más justa y democrática sería dejar que la gente de los territorios decidiera por sí misma si quería o no la esclavitud, de la misma manera que la gente de los estados lo había hecho anteriormente. La propuesta de Cass ofrecía un medio atractivo de mantener la cuestión de la esclavitud al margen de la política federal, pero contenía una ambigüedad que él hábilmente se negó a aclarar: no especificaba cuándo la gente establecida en los territorios debería tomar dicha decisión. Si podía tomarla tan pronto como el territorio fuera organizado, el voto popular podría decidirse en favor del territorio libre tan finalmente como lo habría hecho el voto del Congreso. Según Calhoun, la exclusión del pueblo sería exactamente tan equivocada como la exclusión del Congreso, ya que significaría que este último estaba concediendo al territorio un poder que él mismo no tenía y que, por consiguiente, no le era dable otorgar. Sin embargo, si los votantes de un territorio podían decidir sobre la esclavitud únicamente cuando solicitaran la condición de estado, esto significaría que la soberanía popular dejaría a los territorios tan expuestos a la esclavitud como los había dejado la propuesta de Calhoun.
No obstante, lejos de reducir el apoyo a la soberanía popular, dicha ambigüedad hizo más atractiva la doctrina: los antiesclavistas argumentaban que la soberanía popular daría por resultado territorios libres, mientras que los defensores de esclavitud pretendían que aquélla garantizaría a la esclavitud una oportunidad para establecerse por sí misma durante el período anterior a la concesión de la condición de estado.
LA TRANSACCION DE 1850
El Congreso continuaba en‑ un callejón sin salida mientras se discutían estas diversas posiciones sobre la extensión de la esclavitud. A lo largo de tres períodos de sesiones completas, durante la mayor parte de la administración de Polk, nada pudo votarse para California o el Sudoeste, y únicamente después de un prolongado aplazamiento pudo adoptarse una ley para organizar el territorio de Oregón libre de esclavitud.
En 1848, cuando los dos partidos nacionales se enfrentaron con este asunto en una elección presidencial, ambos lo eludieron: los demócratas, al nombrar candidato a Cass sobre la base de un programa que todavía no decía si la población de un territorio podía prohibir la esclavitud durante el periodo territorial; y los whigs, al designar candidato a un héroe militar, Zachary Taylor, que nunca había intervenido en política, y sin tener programa alguno. En la campaña electoral, que fue una especie de enfrentamiento entre la evasiva franca y la disimulada, el triunfo fue de Taylor, quien en 1849 se convirtió en presidente.
Primeras manifestaciones secesionistas. Mientras tanto, la Cámara de Representantes había votado repetidamente en favor del principio de Wilmot de declaración de territorios libres por medio de la acción del Congreso. La aparente inminencia de una victoria del principio de tierra libre había suscitado a su vez un amargo resentimiento en el Sur y, por primera vez, muchos sureños empezaron a pensar en separarse de la Unión si el Congreso votaba en el sentido de impedirles llevar a sus esclavos a las zonas que ellos habían ayudado a ganar y a pagar. Para 1848, los sureños del Congreso estaban empezando a hablar en forma bastante abierta de retirarse de la Unión. Después de la elección de Taylor, los sureños comprobaron que aunque éste era propietario de esclavos en Lousiana, no iba a bloquear la legislación de tierra libre, y comenzaron a organizar la resistencia. En octubre de 1849, una asamblea estatal en Mississippi convocó a una convención de delegados de los estados sureños, que tendría lugar en Nashville. Tennessee, en el mes de junio siguiente, para adoptar una posición común por parte del Sur. Cinco estados eligieron oficialmente delegados a dicha convención, y otros cuatro enviaron representantes oficiosos.
Así pues, cuando el primer Congreso de Taylor se reunió en diciembre de 1849, la necesidad de organizar las extensiones obtenidas de México era urgente, y las relaciones entre el Norte y el Sur se encontraban en crisis. Esta se hizo más aguda cuando Taylor anunció su apoyo a la admisión de California directamente como estado, sin pasar por la etapa territorial, así como su intención de apoyar el mismo plan para Nuevo México, cuando llegara el momento. Dicho plan soslayaba técnicamente el asunto de la exclusión por parte del Congreso, pero en sustancia representaba una victoria del principio de tierra libre, ya que los estados propuestos parecían ser, con seguridad, de esta tendencia. Ante semejante perspectiva se intensificaron las protestas sureñas, y aunque los historiadores actuales no están de acuerdo en si el país estaba o no cerca de la desunión, desde luego muchos prominentes dirigentes de aquellos días temían que así fuera.
Las propuestas de transacción de Clay. Entre los dirigentes que temían la desunión se encontraba el senador Henry Clay, de Kentucky. Como portavoz de los estados de la frontera que se hallaban siempre deseosos de promover la armonía entre las regiones, y como uno de los políticos que había desempeñado un papel principal en el logro de transacciones entre 1820 y 1833, Clay era el dirigente más indicado para intentar una solución intermedia. Aunque era whig, se encontraba muy distanciado del presidente Taylor. En consecuencia, Clay se presentó, al comenzar las sesiones del Congreso de 1850, con un proyecto de transacción ideado para abarcar la cuestión de la esclavitud en todos los aspectos nacionales. El plan de Clay proponía: 1) la admisión de California como estado libre; 2) organizar el resto de la cesión de territorio mexicano en dos territorios, Utah y Nuevo México, que decididían por sí mismos si la esclavitud sería permitida o abolida; 3) que se adjudicara a Nuevo México parte de la zona del río Grande superior pretendida por Texas, pero compensando a esta última mediante el pago federal de la deuda contraída por ella antes de la anexión; 4) que se aboliera la venta de esclavos en el Distrito de Columbia, pero garantizando al mismo tiempo la existencia de la esclavitud en él; 5) que se promulgara una ley eficaz que obligara a la entrega de los esclavos fugitivos que habían escapado a los estados libres.
La propuesta de Clay dio lugar a una larga, brillante y famosa serie de debates en el Congreso. E1 propio Clay hizo un llamado elocuentísimo en favor de su plan como medio de preservar la Unión. Calhoun, que no apoyó directamente la transacción, ayudó indirectamente al acudir al Senado casi moribundo para advertir solemnemente del peligro en que se encontraba la Unión y de la decisión del Sur de mantener sus derechos. E1 discurso más importante del período de sesiones fue pronunciado por Daniel Webster, quien fue el único que podía compararse con Clay como orador y que era considerado, en general, como antiesclavista. El 7 de marzo, Webster anunció su apoyo ala transacción y argumentó vigorosamente en el sentido de que la esclavitud estaba naturalmente excluida del Oeste debido a las condiciones climáticas, físicas y agrícolas, y que no había necesidad de plantear una crisis adoptando una ley antiesclavista, como la cláusula Wilmot, para realizar algo que ya había establecido la naturaleza. “No podría yo promulgar lo que es ya una ley de Dios ‑dijo Webster en forma impresionante‑ ni tampoco ordenar lo que es ya una ordenanza de la naturaleza”.
A pesar del gran apoyo oratorio, el “proyecto de ley omnibus” de Clay, que reunía todas sus propuestas en una sola medida, se enfrentó a una dura oposición El presidente Taylor estaba esperando vetarla, y en julio fue derrotada en la Cámara, por medio de un proceso de enmienda en el cual los extremistas del Norte y del Sur votaron juntos para evitar su aprobación. Clay ‑viejo, cansado y descorazonado‑ se fue a Newport a descansar.
La estrategia de Douglas. No obstante, aun antes de celebrarse esa votación, la marea había cambiado. E1 presidente Taylor murió. Su sucesor, Millard Filmore, se mostró favorable a la transacción, e inmediatamente empezó a ejercer la influencia presidencial para apoyarla.
Entre tanto, Stephen A. Douglas, un joven y vigoroso senador de Illinois, se hizo cargo de la dirección de las fuerzas que en el Congreso favorecían la transacción. Douglas no era un gran orador,, pero sí un polemista vehemente y sumamente eficaz, un hombre de inmensa energía (“una máquina de vapor con pantalones”, se decía él) y un táctico político extraordinariamente sagaz. Se dio cuenta de que no había una franca mayoría en favor de la transacción y de que la misma no podía ser aprobada en la forma en que Clay la había presentado, pero que si las propuestas de Clay fuesen consideradas una por una, podrían aprobarse mediante una combinación de aquellos que favorecían la transacción y aquellos que favorecían la medida en particular. (Por ejemplo, California sería admitida por una mayoría compuesta de partidarios de la transacción y antiesclavistas, mientras que la Ley de Esclavos Fugitivos sería adoptada por una combinación de partidarios de la transacción y partidarios de la esclavitud). Douglas aplicó esta estrategia de manera tan eficaz que, en el transcurso de unas pocas semanas, todo el programa de Clay se había convertido en ley.
La adopción de la “Transacción de 1850″ puso fin a la crisis. También acabó con el largo estancamiento en el Congreso y dio a California y al Sudoeste la organización política que tanto necesitaban. Debido a que ello proporcionó un gran alivio a los que habían temido por la seguridad de la Unión, fue elogiada como un arreglo grande y definitivo, que desvanecía el problema de la esclavitud de una vez por todas como fuente de discordia dentro de la Unión.
La Ley de Esclavos Fugitivos. En realidad, la. Gran Transacción de 1850 resolvió mucho menos de lo que parecía haber resuelto. Para Utah y Nuevo México todavía dejaba pendiente la explosiva cuestión que Lewis Cass había evitado con tanto cuidado: podían los ciudadanos del territorio declarar ilegal la esclavitud en el mismo? Lo más importante era que, mientras se dejaba a un lado el explosivo problema de la Cláusula W Wilmot, cobraba vida el problema aun más explosivo de los esclavos fugitivos. Porque la cuestión del esclavo en los territorios era un asunto legal y abstracto ‑asunto que más tarde se llamó “un negro imaginario en un lugar imposible”‑, pero la cuestión del esclavo fugitivo era dramática y real; involucraba a una criatura humana en busca de libertad y que estaba siendo cazada por sus semejantes. Por último, la transacción nunca había contado con una verdadera mayoría y se había aprobado sólo por medio de artificios. Los estados del Sur la aceptaron con cierta renuencia, pero Georgia habló por todos los demás cuando su legislatura aprobó resoluciones en el sentido de que si la transacción no era puesta en práctica por completo, Georgia abandonaría la Unión. En realidad, mientras los secesionistas sureños se ponían de acuerdo para no exigir la secesión en esa ocasión, los unionistas sureños se vieron casi obligados a aceptar el principio de secesión, a fin de llevar a los secesionistas a convenir en no ejercerlo. Entre tanto, en el Norte las fuerzas antiesclavistas estaban denunciando la Ley de Esclavos Fugitivos y a Daniel Webster por apoyarla. Tal vez nunca antes había sido tan áspera en la política estadounidense la invectiva política.
Durante algún tiempo, la cuestión del esclavo fugitivo provocó una terrible indignación. Para apreciar las manifestaciones de malestar, hay que comprender que la ley contenía varios aspectos muy extremados. Negaba el juicio por jurado en el caso de presuntos fugitivos, y disponía que sus casos fueran decididos por un comisionado federal especial. Además, al comisionado se le pagaba una cuota, que era más alta en los casos en que devolvía al presunto fugitivo a la esclavitud que en aquellos en que lo declaraba libre; aunque este arreglo fue defendido argumentando que había mucho más papeleo en un caso que en el otro, mereció severas críticas. Todavía más, la ley estipulaba que cualquier ciudadano podía ser obligado a participar en el proceso de aplicación de la misma, lo que significaba que los antiesclavistas no sólo tenían que permitir la captura de fugitivos, sino que incluso podían verse obligados a ayudar a ella.
Independientemente de dichos rasgos de la propia ley, ésta levantó críticas debido al hecho de que la misma se aplicaba no sólo a los esclavos que estuvieran huyendo a la sazón, sino también a aquellos que hubieran huido alguna vez. Muchos fugitivos habían vivido tranquilamente en las ciudades del Norte durante varios años, y al amparo de ser arrestados según la relativamente ineficaz Ley de Esclavos Fugitivos de 1793; pero ahora, según la Ley de 1850, se encontraban en verdadero peligro. En 1851, un negro que había vivido en Indiana durante diecinueve años fue arrancado de su familia y devuelto a la esclavitud. En todo el Norte, los negros estaban aterrorizados por la ley, ya que los que no eran fugitivos tenían casi tantas razones para temer ser secuestrados, como los que lo eran las tenían para temer ser detenidos. En consecuencia, tuvo lugar una ola de emigración a Canadá y varios millares de negros se trasladaron a Ontario.
Resistencia a la ley de esclavos fugitivos. No tardaron en producirse numerosos episodios relacionados con los esclavos fugitivos, que mantuvieron al país en un alto grado de excitación. En Boston, algunos ciudadanos notables declararon abiertamente su intención de violar la ley, y en octubre, un “comité de vigilancia” encabezado por uno de los más distinguidos ciudadanos de Boston, el reverendo Theodore Parker, sacó del país subrepticiamente a dos negros que sin duda eran esclavos. Cuatro meses después una multitud, formada principalmente por negros, se apoderó de un prisionero llamado Shadrach en la sala del tribunal y lo envió clandestinamente a Canadá. En abril de 1851 el gobierno logró devolver un esclavo desde Boston, ciudad que se jactaba de que nunca había ocurrido tal cosa. Sin embargo, la devolución se efectuó después de que la multitud tuvo rodeado el edificio del tribunal durante varios días. Sólo una vez más fue devuelto desde Boston otro esclavo: Anthony Burras; en este caso una muchedumbre irrumpió en la sala del tribunal en un esfuerzo por liberarlo, y se necesitó la presencia de una importante fuera militar para evitar que tal cosa ocurriera.
En otras ciudades las liberaciones y los intentos de liberación constituyeron el pan de cada día, y la cuestión de los esclavos fugitivos se convirtió, durante algún tiempo, en el problema cotidiano más sobresaliente. Sin embargo, la excitación y la emoción que el problema generó habían hecho difícil saber si el número de esclavos escapados del Sur fue importante. Por un lado, los antiesclavistas del Norte alardeaban de su resistencia a la ley y proclamaban que tenían en funcionamiento un vasto “ferrocarril subterráneo” que había ayudado a 80.000 esclavos a escapar de sus perseguidores. Por el otro, los portavoces del Sur, indignados por la franca violación de la ley, se quejaban amargamente de que 100.000 esclavos habían sido secuestrados en un período de cuarenta años. Estas eran, probablemente, cifras infladas; el “ferrocarril subterráneo” era más extenso en la leyenda que en la realidad, y más importante como arma de guerra psicológica que como vía de escape para los esclavos. También parece que en muchos lugares del Norte la Ley de Esclavos Fugitivos recibió apoyo del público y fue eficazmente aplicada.
Así pues, no hay duda de que la cuestión de los fugitivos puso de relieve el problema de la esclavitud hasta un grado espectacular. E1 ser humano en busca de la libertad, perseguido por cazadores de hombres, era una figura inmensamente conmovedora, y al desviar el enfoque del asunto de la esclavitud desde la condición legal de una pertenencia imaginaria en un territorio remoto hacia la angustiosa situación de un ser humano en una calle próxima, la Transacción de 1850 creó, tal vez, más tensión de la que alivió.
No fue casual que Uncle Tom’s Cabin (La cabaña del tío Tom) (1851‑52), la clásica protesta literaria. contra la esclavitud, fuese publicada menos de un año después de la promulgación de la Ley de Fugitivos; que la más dramática escena de la obra fuese la de la muchacha esclava fugitiva, Eliza, cruzando el helado Ohio mientras era perseguida por un mercader de esclavos; ni que el libro, uno de los mayores éxitos de venta de todos los tiempos en los Estados‑Unidos, provocara la simpatía y las lágrimas de incontables personas que jamás antes se habían sentido emocionados por los argumentos de los abolicionistas. ‑. ‑
Apoyo a la Transacción: la elección de 1852. Si la Ley de Esclavos Fugitivos había puesto en evidencia el problema de la esclavitud, la crisis que precedió a la Transacción había hecho lo propio con el problema de la Unión. Muchos norteños que desaprobaban por completo la esclavitud, sintieron que la cuestión de la Unión era más importante y debía tener prioridad. Por lo tanto, a pesar de los episodios de los esclavos fugitivos, la Transacción recibió fuerte apoyo en todo el país, y aunque no hubo uña franca mayoría en favor de su adopción, la hubo ciertamente en favor de su mantenimiento.
La firmeza del apoyo público a la Transacción se mostró claramente en la elección de 1852. A medida que ésta ‑se aproximaba, Millard Fillmore, que había firmado las leyes de transacción como presidente designado para terminar el período de Zachary Taylor, aspiró a la presidencia para un período por derecho propio. Sin embargo, en la convención del partido, los whigs del Norte bloquearon el esfuerzo de los del Sur para designar candidato a Fillmore, y obligaron a nombrar en su lugar al General Winfield Scott, quien había tomado la ciudad de México en la guerra contra este país. Scott era el tercer héroe militar de los whigs, y éstos esperaban que, como Harrison y Taylor, llegaría a la Casa Blanca debido a sus antecedentes militares. La adopción de un programa de gobierno reveló una profunda división entre los whigs: aunque la mayoría obtuvo la aprobación de uno de los puntos de dicho programa que aceptaba la Transacción de 1850, incluyendo la Ley de Esclavos Fugitivos, como arreglo definitivo, la oposición fue muy fuerte y consistió principalmente en delegados que apoyaban a Scott. Este, que era ostentoso y torpe en política, trató de resolver el dilema diciendo simplemente: “Acepto la candidatura con las resoluciones anexas”, pero resultaba claro que no era un decidido partidario de la Transacción.
Los demócratas arreglaron sus diferencias entre pretendientes rivales, poniéndose de acuerdo en la designación de un candidato inesperado, Franklin Pierce, de New Hampshire, quien se había distinguido en la guerra con México. Pierce demostró más tarde ser un hombre débil, pero era un candidato atractivo ‑bien parecido y agradable en sus maneras‑ y los demócratas le otorgaron un apoyo unánime con un programa que proclamaba lo irrevocable de la Transacción.
La posición de los dos partidos dio a los votantes la oportunidad de elegir libremente sobre la cuestión de la Transacción ‑Pierce y su partido estaban unidos en cuanto a este asunto; los whigs, no‑ y los votantes ejercieron su opción en una forma decisiva; dieron a Pierce la mayoría más grande que cualquier presidente hubiera recibido jamás, y obtuvo el voto de todos los estados, excepto cuatro: dos en el Norte y dos en el Sur. La derrota destrozó al partido whig, que ya estaba profundamente dividido entre los “whigs del algodón”, del Sur, y los “whigs de la conciencia”, del Norte, y aunque muchas de las principales personalidades ‑entre ellas Abraham Lincoln‑ permanecieron en la organización de los whigs durante algún tiempo, a partir de 1852 ya no volvió a ser un partido nacional. Esto significó que sólo había quedado un partido nacional ‑el Demócrata‑, lo que a su vez quería decir que quedaba únicamente una organización política en la que los dirigentes del Norte y del Sur todavía trataban de suavizar las diferencias regionales para poder obtener la victoria del partido.
KANSAS Y NEBRASKA
El proyecto de ley Douglas. En la campaña electoral de Pierce se había prometido la armonía de la Unión y la irrevocabilidad de la Transacción, pero su gobierno hizo precisamente lo contrario. Acababa de reunirse su primer Congreso, en diciembre de 1853, cuando la cuestión territorial surgió de nuevo en una forma distinta. Stephen A. Douglas quería organizar el gobierno territorial para la región al oeste de Iowa y Missouri. Esta zona se hallaba comprendida en la Adquisición de Lousiana, y puesto que estaba al norte del paralelo de 369 30′ había quedado cerrada a la esclavitud en virtud de la Transacción de Missouri de 1820. Por consiguiente, Douglas presentó al principio un proyecto de ley para organizar allí territorios libres.
Sin embargo, los senadores del Sur votaron contra la legislación propuesta que, por lo tanto, no pudo ser aprobada. Procedieron así, en parte, debido a que sabían que Douglas quería promover un ferrocarril transcontinental en el Oeste, desde Chicago o alguna otra terminal en el Norte, hasta el Pacífico. Ellos estaban igualmente deseosos de construir dicho ferrocarril hacia el Oeste a partir de Nueva Orleans; sencillamente no había razón para que ayudaran con sus votos a la organización de otro territorio de tierras libres con el fin de facilitar el ferrocarril del Norte. Douglas creyó que lograría sus votos y, en esa creencia, en enero de 1854, se dejó llevar a dar el paso fatal de acceder a cambiar su proyecto de ley, de modo que dejara pendiente el asunto de la esclavitud en la región de Kansas‑Nebraska, para que fuera resuelto por la soberanía popular. Douglas empleó el plausible argumento de que lo que él defendía no era nada nuevo y que la legislación de 1850 ya había remplazado el principio de división geográfica por el de soberanía popular.
“Llamado de los demócratas independientes”. En un folleto, profusamente distribuido, titulado “Llamado de los demócratas independientes”, los antiesclavistas rechazaron con gran indignación el argumento de Douglas. Insistían en que la ley de 1850 se aplicaba sólo a los territorios cedidos por México y por lo tanto, sólo era suplementaria de la Transacción de Missouri. El Sur, según afirmaban, estaba violando un compromiso sagrado; en 1820 había prometido reconocer la libertad al norte del paralelo de 36° 30′ a cambio de la admisión de Missouri, y ahora no quería cumplir el acuerdo. Este argumento no era completamente válido porque, para empezar y por no mencionar más que un punto, la mayoría de los miembros sureños del Congreso habían votado en contra de la ley de 1820. Sin embargo, la ley se había mantenido en vigor durante treinta y cuatro años, y Douglas por lo menos actuó con ligereza, si es que no erróneamente, el querer enmendarla.
La furiosa explosión de indignación con que se recibió su proyecto de ley Kansas‑Nebraska modificado, debió haberle demostrado que había cometido un gran desatino. Pero Douglas era imprudente, agresivo y tenaz. Después de haber comprometido al presidente Pierce en su proyecto de ley, organizó una verdadera batalla parlamentaria para que se aprobase. Su ingenio en el debate le permitió repetidamente llevar a sus atacantes a la defensiva, y realizó una brillante campaña gracias a la cual consiguió que se aprobara el proyecto en ambas Cámaras del Congreso.
La elección de 1854. El triunfo de. Douglas requirió un precio terrible. Él mismo habla previsto acertadamente que la abrogación de la Transacción de Missouri “levantaría una tormenta infernal”, pero no previó, como más tarde confesaría, que podría ir a Chicago a la luz de sus propias efigies en llamas. Seis meses después de aprobada la ley se celebraron las elecciones legislativas de 1854. Los whigs eran demasiado débiles para aprovecharse de la reacción pública; el Partido Republicano todavía no había aparecido; sin embargo, los demócratas sufrieron un sorprendente revés en el Norte.
La sangrienta Kansas. Lo peor de la nueva ley Kansas‑Nebraska fue que, aun al precio de causar la hostilidad regional más enconada, no creó una verdadera base de estabilidad en el nuevo territorio. Simplemente cambió los términos del conflicto, ya que Douglas y muchos demócratas del Norte creían que la soberanía popular podría hacer de Kansas y Nebraska territorios libres, exactamente lo mismo que podría haberlo hecho la acción del Congreso, mientras que los dirigentes esclavistas consideraron la anulación de la Transacción de Missouri como anuncio de que la esclavitud prevalecería al menos en uno de los dos nuevos territorios.
Tanto los grupos antiesclavistas como los esclavistas se prepararon para enviar rápidamente a Kansas partidarios suyos, para defender allí sus respectivas posiciones. Desde Missouri, partidarios de la esclavitud conocidos como “Rufianes de la Frontera” cabalgaban hasta Kansas el día de la elección, para votar e intimidar a los partidarios de las tierras libres, y luego regresaban a Missouri. En Nueva Inglaterra, los antiesclavistas organizaron la Emigrant Aid Society (Sociedad de Ayuda a los Emigrantes) para enviar a Kansas colonos partidarios de las tierras libres, y aunque dicha sociedad oficialmente nunca compró armas para éstos, los dirigentes de la misma adquirieron rifles por su propia cuenta para armar a los emigrantes contra los esclavistas.
Habría hecho falta un presidente enérgico para mantener el orden en Kansas, y Pierce no lo era. Designó una serie de gobernadores capaces para el territorio, pero no les proporcionó un vigoroso apoyo cuando lo necesitaron. Por consiguiente, los asuntos fueron de mal en peor. Después de que los partidarios de la esclavitud habían falseado una elección y Pierce reconoció al gobierno elegido de este modo, los partidarios de las tierras libres formaron otro gobierno a su hechura. Kansas tuvo entonces dos gobiernos: uno, partidario de la esclavitud en Lecompton, legal pero no honrado; y otro, antiesclavista en Lawrence, honrado pero no legal.
Sería un grave error pensar que Kansas estaba únicamente habitada por hombres que llegaron allí como misioneros en favor de la esclavitud o de la libertad. Muchos colonos eran simplemente hombres de la frontera ansiosos de tierras, como los que pululaban por todos los nuevos territorios. Tales colonos estaban siempre listos para la violencia, y no todos los tiroteos que hubo en Kansas fueron por causa de la esclavitud. Sin embargo, este problema acentuó la violencia y proporcionó un patrón para la ilegalidad que habría de prevalecer en la frontera.
De este modo, con el presidente Pierce denunciando al gobierno de tierras libres por su ilegalidad, las fuerzas partidarias de la esclavitud se aseguraron el enjuiciamiento de los defensores de las tierras libres por un gran jurado que fue, por supuesto, elegido por los propios esclavistas. Con este proceso, una multitud armada, o un “pelotón”, como se llamó a sí misma, marchó .hacia el cuartel general de los partidarios de las tierras libres en Lawrence, donde destruyó la imprenta e incendió o saqueó muchas propiedades. Cuatro días más tarde, John Brown, un defensor de la tierra libre que llevó sus puntos de vista a extremos de fanatismo, vengó el saqueo de Lawrence conduciendo a un grupo de hombres a Pottawatomie Creek, donde sacaron de sus casas a cinco colonos esclavistas desarmados y les dieron muerte en plena noche. Estos acontecimientos fueron parte de una escalada de terror y violencia en la “sangrienta Kansas”. Probablemente unos doscientos hombres encontraron muerte violenta antes de que un nuevo gobierno territorial utilizara tropas federales para restablecer el orden cuatro meses después.
“El crimen contra Kansas”. Entre tanto, la intensidad de la malevolencia regional se vio ilustrada y aumentada por un suceso que tuvo lugar en Washington. Charles Sumner, senador antiesclavista, por Massachusetts, pronunció un discurso titulado “E1 crimen contra Kansas”, en el cual, además de condenar el poder esclavista de la manera más áspera que pudo, se expresó en términos sumamente personales sobre el anciano senador Andrew P. Butler, de Carolina del Sur. Aludió, por ejemplo, a los”escupitajos” del discurso de Butler. Un sobrino de este último, que formaba parte de la Cámara de Representantes, Preston Brooks, fue al Senado cuando éste no se hallaba en sesión, encontró a Sumner sentado en su despacho y le golpeó fuertemente con un bastón. Durante varios años, Sumner estuvo incapacitado, ya fuera a consecuencias de los golpes que recibió o,. según la mejor opinión médica moderna, por su reacción psicológica al ataque de que había sido objeto. El significado público de este suceso radicó, sin embargo, menos en el propio ataque que en el hecho de que una gran parte de la prensa del Norte hizo un mártir de Sumner y pintó a todos los sureños como bárbaros, mientras que el Sur convirtió a Brooks en un héroe y lo calificó a todos los yanquis de fanáticos rabiosos.
La personalidad de Franklin Pierce. Para entonces, el gobierno de Pierce estaba llegando a su fin en forma desastrosa, debido a la debilidad del presidente y al grado en que se dejó dominar por la influencia del Sur. Después de fracasar en evitar la abrogación de la transacción de Missouri, Pierce pudo todavía haber salvado la paz del país si se hubiera mantenido firme en favor de la verdadera soberanía popular en Kansas. Pero, en vez de eso, había apoyado un régimen partidario de la esclavitud que evidentemente era fraudulento, habla permitido que la violencia reinase indómita, y, por último, había dado su apoyo a la idea de otorgar la condición de estado a un territorio con gobierno esclavista. Así las cosas, Stephen A. Douglas había roto con este gobierno partidario de la esclavitud y estaba luchando activamente en el Congreso para derrotarlo. La división política, al llegar a tal punto, ya no era tanto entre las fuerzas partidarias de las tierras libres y las defensoras de la esclavitud como entre la honrada aplicación de la soberanía popular y la degradación de ésta.
En realidad, Pierce apoyó al Sur en casi todos los casos. Había negociado la compra de Gadsden (1853) para la adquisición a México de lo que ahora constituye la parte más meridional de Arizona, debido a que la tierra en cuestión era esencial para la construcción de un ferrocarril transcontinental por la ruta del Sur a partir de Nueva Orleans. Había permitido que tres de sus emisarios diplomáticos en Europa se reunieran en Ostende, Bélgica, en octubre de 1854, para proponer la anexión de Cuba por los Estados Unidos, ya fuese por compra o, si esto no daba resultado, “arrebatándosela a España”. Cuba tenía casi 200.000 esclavos y habría fortalecido el poder del esclavismo. (Este “Manifiesto de Ostende” levantó, sin embargo, tal indignación en el mundo, que el gobierno se vio obligado a desconocerlo). Además, el gobierno de. Pierce no hizo nada eficaz para evitar las expediciones de aventureros, llamados filibusteros, que invadieron los países latinoamericanos partiendo de playas, estadounidenses. Una de tales expediciones que salió de Nueva Orleans en dirección a Cuba fracasó, y otra, encabezada por William Walker contra Nicaragua, tuvo un éxito temporal.
EN VÍSPERAS DE LA GUERRA ` . ‑ .:
La elección de 1856. A1 final del período de Pierce, hasta los demócratas sureños sabían que éste no podía ser reelegido. Los demócratas designaron candidato a James Buchanan, de Pennsylvania quien, como embajador en Inglaterra, había estado fuera del país en la época de la Ley Kansas‑Nebraska (aunque, por ser uno de los tres autores del Manifiesto de Ostende, era especialmente aceptable para los sureño!). Buchanan fue Secretario de Estado en el gobierno de Polk y era un veterano en la política estadounidense: un viejo funcionario público, como él mismo se llamaba. Para luchar contra él, lo que quedaba del Partido Whig designó a Millard Fillmore, pero la principal oposición la constituirla un nuevo partido ‑el de los republicanos‑ formado por los whigs “de conciencia” y por los demócratas contrarios a Nebraska, y que estaba prosperando muy rápidamente a partir de 1854. Este nuevo partido, pasando por alto a sus dirigentes regulares, designó candidato al joven y gallardo, aunque políticamente inexperto, explorador de las Montañas Rocosas y del Lejano Oeste, John C. Frémont. En la elección que siguió, Buchanan triunfó en todos los estados esclavistas (excepto Maryland, que votó por Fillmore) y en cuatro estados libres, ganando de este modo la elección. Sin embargo, la mayoría del Norte estaba entonces apoyando aun partido que denunció la esclavitud así como la poligamia (lo que constituía un ataque á los mormones de Utah) como un “vestigio de barbarie”, y que no tenla organización de ninguna clase en toda una mitad de la Unión.
Es discutible si, para entonces, alguien podría haber puesto bajo control las fuerzas disolventes del antagonismo regional, pero, desde luego, Buchanan no pudo hacerlo. Su gabinete, como el de Pierce, se hallaba dominado por demócratas sureños, y en febrero de 1858, Buchanan perdió el .derecho a ser considerado gobernante imparcial al recomendar la admisión de Kansas a la condición de estado bajo la Constitución fraudulenta y esclavista de Lecompton. Douglas .y otros demócratas del Norte se resistieron y de este modo, Douglas perdió el apoyo del Sur que había ganado en 1854, y el Partido Demócrata quedó profundamente dividido.
El fallo de Dred Scott. Entre tanto, la Suprema Corte había pronunciado un fallo contra cuya intención pudo haber sido restablecer la paz regional, pero que tuvo un efecto contrario. Este fallo concernía a un esclavo de Missouri, Dred Scott, quien había sido llevado por su‑amo primero al estado libre de Illinois y luego al territorio de Wisconsin, que se hallaba dentro de los limites de la Adquisición de Louisiana, al norte de los 369 30′, y que se encontraba; por consiguiente, según la Transacción de Missouri, en territorio libre. Después de que se le devolvió a Missouri, Scott exigió su libertad, y el caso fue posteriormente llevado en apelación a la Suprema Corte. Los magistrados se dividieron en diversas formas sobre las distintas cuestiones implicadas en el caso; pero, en esencia, los cinco magistrados de los estados esclavistas sostuvieron que Scott era todavía esclavo, mientras que los cuatro de los estados libres votaron dos en favor y dos en contra. La opinión principal fue expresada por el presidente de la Corte, Roger B. Taney, quien afirmó que, durante los tiempos coloniales, los negros “habían sido considerados como seres tan inferiores que no tenían derechos que el hombre. blanco estuviera obligado a respetar”. Como descripción de las condiciones que habían existido, esta afirmación era sustancialmente correcta, pero fue citada ampliamente como expresión de la propia actitud de Taney y utilizada contra él de manera implacable. La mayoría de los miembros del tribunal sostuvo que un hombre nacido esclavo no era ciudadano y que, por lo tanto, no podía entablar demandas en los tribunales federales. Así pues, en estricta lógica, el tribunal no tenía necesidad de pronunciarse sobre las demás cuestiones aludidas por Scott, pero aun en el caso de que el demandante hubiera podido acudir ante los tribunales; seguiría sin ser libre debido a que la Transacción de Missouri . era anticonstitucional: el Congreso no tenía facultades para excluir la esclavitud de los territorios.
En un sentido literal, el fallo Dred Scott no aportó nada nuevo, ya que solamente declaró nula una ley que ya habla sido abrogada por la Ley Kansas‑Nebraska tres años antes., Sin embargo, en otro sentido, el fallo tuvo un efecto demoledor. fortaleció la convición que existía en el Norte de que un perverso “poder esclavista”, dedicado a extenderla esclavitud por todo el país, tenía al gobierno en sus manos y que ese poder debía ser controlado. Por otro lado, el fallo justificó entre los sureños la opinión de que los partidarios de las tierras libres estaban tratando de privarlos de sus derechos legales. Asestó de este modo un golpe mortal a la única posición moderada que existía entre los extremos de los partidarios de las tierras libres y los de la esclavitud: la de la soberanía popular. Si, como la Suprema Corte falló, el Congreso no tenía poder para excluir la esclavitud de un territorio por su propia ley, desde luego no podía otorgar a las legislaturas territoriales un poder que no poseía, y sin dicho poder no podía existir una soberanía popular efectiva. El fallo hizo imposible cualquier transacción lograda merced a una ley del Congreso. También convenció a muchos negros libres de que no había futuro para ellos en un país que les negaba la condición de ciudadanos. Por lo tanto, sirvió para intensificar el creciente sentimiento de nacionalismo negro y estimuló los movimientos de emigración de negros a Haití o Africa.
Los debates entre Lincoln y Douglas. Los efectos del fallo Dred Scott al popularizar el extremismo regional aparecieron claramente en 1858, cuando Stephen A. Douglas presentó su candidatura para la reelección como senador por Illinois y fue desafiado a una serie de debates por su contrincante republicano Abraham Lincoln. Lincoin, antiguo whig, era decididamente opuesto a la esclavitud. La consideraba moralmente mala ‑”si la esclavitud no es mala entonces nada lo es” e insistió en que el fallo Dred Scott debía ser anulado. La esclavitud debía mantenerse fuera de los territorios y puesta en “el camino de su extinción final”. Sin embargo, no puede decirse que fuera abolicionista. No defendía la igualdad racial, y recogía tanto la complejidad de la cuestión de la esclavitud como el hecho de que ésta se encontraba protegida por garantías constitucionales que él mismo estaba dispuesto a respetar; incluso en lo concerniente a la aplicación de la Ley de Esclavos Fugitivos. Lincoln definió el dilema que el fallo Dred Scott había creado para Douglas y para todos los moderados. Si la esclavitud no podía ser legalmente excluida de los territorios, ¿cómo podía la gente de cada territorio excluirla por medio del ejercicio de la soberanía popular?.
Douglas replicó en Freeport, Illinois (la “Doctrina Freeport”), que a no ser que un territorio adoptara leyes positivas para proteger la esclavitud por reglamentaciones policíacas locales, ésta no podía establecerse por sí misma; y de este modo, por el simple freno que ejerciera la legislación adecuada que se aprobara, los legisladores podían mantener un territorio libre de esclavos. Esta respuesta fue suficiente para lograr la reelección de Douglas, pero le costó lo que aún le quedaba de su reputación como dirigente nacional con fuerte apoyo de ambos sectores del país. En una ocasión los del Sur le habían aplaudido por rechazar la exclusión de la esclavitud de la Transacción de Missouri, pero ahora le consideraron como un hombre que estaba apoyando a los partidarios de las tierras libres de Kansas y defendiendo una teoría que privaría al Sur de los derechos garantizados por una decisión de la Suprema corte.
La incursión de John Brown. Si el fallo Dred Scott llevó a su clímax el sentimiento de los norteños de que la libertad estaba siendo peligrosamente amenazada por una siniestra conspiración del “poder esclavista”, la incursión de John Brown en Harper’s Ferry creó un sentimiento aún más intenso, al sur de la linea Mason‑Dixon, de que el fanatismo abolicionista planteaba un peligro inmediato para el orden social y aun para la vida humana en el Sur. Después de la “matanza de Pottawatomie”, en Kansas, Brown había desaparecido, pero durante la noche del 16 de octubre de 1859, al frente de una banda de dieciocho hombres (en la que figuraban cinco negros), cayó por sorpresa sobre la ciudad de Harper’s Ferry, Virginia, se apoderó dei arsenal federal que allí existía e hizo un llamamiento a los esclavos para que se alzaran y exigieran su libertad. Antes de que transcurrieran treinta y seis horas Brown fue capturado y, más tarde, juzgado y ahorcado. Sin embargo, este acto había tocado el nervio más sensible del Sur: su temor de una insurrección de esclavos como la que había causado una matanza en Santo Domingo a principios dei siglo y había amagado periódicamente al Sur, en especial en la época de la revuelta de Nat Turner, en 1831, y las conjuraciones de Gabriel Prosser y Denmark Vesey, de 1800 y 1822. La alarma y el resentimiento de los sureños habrían sido quizá menos grandes si el Norte hubiese denunciado el acto dé Brown ‑como lo hicieron muchos norteños, incluyendo al propio Lincoln‑, pero pronto se averiguó que Brown había recibido apoyo económico de algunas de las más respetadas personalidades de Boston, y el día de su ejecución fue de luto en Nueva Inglaterra. John Brown fue llamado San Juan el Justo, y Ralph W. Emerson declaró que Brown “haría que la horca fuese tan gloriosa como la cruz”.
La elección de 1860. Para entonces los acontecimientos estaban avanzando rápidamente hacia una crisis. Durante más de una década, la disensión regional había estado destruyendo las instituciones que habían mantenido agrupado al pueblo estadounidense en una unidad nacional. En 1844 había quebrantado a la iglesia metodista; en 1845 la iglesia bautista se había dividido en cuerpos separados, uno del Norte y otro del Sur. Entre 1852 y 1856 el regionalismo había escindido al Partido Whig, y las cosas habían llegado a tal extremo que el Partido Demócrata era la única institución nacional importante, aparte del propio gobierno, que todavía subsistía. En 1860, con otra elección presidencial a la vista, la organización demócrata, ya afectada por la tensión entre los whigs de Buchanan y los de Douglas, también se escindió.
Los demócratas. Reunida en Charleston, la convención demócrata se dividió sobre la cuestión del programa electoral. Los demócratas de Douglas querían que se incluyera un punto que, en términos generales, prometiera defender los fallos de la Suprema Corte, pero que evitara la expresión explícita de apoyo a la esclavitud en los territorios. Los demócratas del Sur, dirigidos por William L. Yancey, famoso orador de Alabama, querían una afirmación categórica en el sentido de que la esclavitud sería protegida en los territorios. Cuando las fuerzas de Douglas tuvieron segura la adopción de su punto, Yancey y la mayor parte de los delegados de los estados productores de algodón abandonaron la convención. Más tarde se hizo la acusación de que procedieron así como parte de un plan o de una conspiración deliberada para romper la Unión, fraccionando al Partido Demócrata, dejando que los republicanos ganaran y creando una situación que produciría la separación del Sur. Sin embargo, en realidad, muchos de aquéllos que se separaron lo hicieron con la esperanza de obligar a los demócratas del Norte a llegar a un acuerdo o a dejar la elección en manos del Congreso, en donde había alguna posibilidad de que el Sur llegase a ganar. Durante varias semanas. se hicieron desesperados esfuerzos para reunir a los demócratas, pero al final la facción del Norte del partido designó candidato a Douglas, y la del Sur a John C. Breckinridge, de Kentucky, que había sido vicepresidente en el gobierno de Buchanan.
Algunos de los sucesores conservadores de los whigs, que ahora se llamaban a si mismos “unionistas constitucionales”, designaron a John Bell, de Tennessee, como candidato a la presidencia, y a Edward Everett, para la vicepresidencia, con un programa electoral que nada decía sobre la cuestión territorial y pretendía sólo “la Constitución, la Unión y la aplicación de las leyes”
La victoria republicana. La principal oposición a Douglas, se sobrentendía, procedería de los republicanos, cuya convención estaba celebrándose en un nuevo edificio llamado el Wigwam, en Chicago. E1 candidato más importante antes de la convención era William H. Seward, senador por Nueva York, quien había sido dirigente de los republicanos durante varios años. Sin embargo, su talento para crear frases memorables ‑como “una ley más elevada que la Constitución” y “el incontenible conflicto entre libertad y esclavitud”‑ le había valido una reputación de extremista, y los republicanos, que creyeron que era inminente la victoria de su partido después de la división de los demócratas, decidieron avanzar en una dirección conservadora a fin de no poner en peligro sus buenas perspectivas. En consecuencia, nombraron candidato a Abraham Lincoln, que había logrado hacerse popular en los debates con Douglas, pero que nunca fue militante sobre la cuestión de la esclavitud. Para equilibrar esta nominación, designaron a Hannibal Hamlin, antiguo demócrata de Maine, como candidato ala vicepresidencia.
Para lograr la victoria de los republicanos sólo necesitaban conservar lo que habían ganado en 1856 y conquistar Pennsylvania, así como Illinois o Indiana, que eran estados en los que había triunfado Buchanan. Al celebrarse las elecciones, los republicanos ganaron en todos los estados libres, excepto New Jersey (parte del cual ganó Douglas), mientras que Breckinridge ganó en todos los estados esclavistas, excepto Virginia, Kentucky, Tennessee (donde ganó Bell), y Missouri (que votó por Douglas). Douglas obtuvo un sólido segundo lugar en votos populares, pero un débil cuarto puesto en lo que respecta a votos electorales, mientras que Lincoln se encontró en la curiosa posición de ganar con sólo el 39 por ciento del voto popular. Su victoria resultó no de la división de sus oponentes, sino del hecho de que su fortaleza estaba estratégicamente distribuida. Su triunfo en la mayor parte de los estados libres fue por estrecho margen, y no recibió en absoluto votos en los estados sureños. De este modo, sus votos populares tuvieron la máxima eficacia para ganarle votos electorales.
La secesión. La victoria de Lincoln precipitó la crisis regional que había estado gestándose durante tanto tiempo. Como ahora podemos ver a la luz de acontecimientos posteriores, Lincoln fue un hombre de ideas moderadas y habría respetado los derechos legales del Sur, aunque deploraba la esclavitud. Pero para el Sur, temeroso de la agresión del Norte, su victoria fue una señal de peligro inminente. Allí estaba un hombre que había dicho que una casa dividida por dentro no podía mantenerse en pie y que la Unión no podía continuar siendo permanentemente mitad esclava y mitad libre. Para el Sur, Lincoln negaba los derechos en los territorios que la Suprema Corte había dicho que dicha región poseía. Fue apoyado por una multitud de militantes antiesclavistas, y su victoria representó claramente la imposición de un presidente por una región sobre otra, ya que el 99 por ciento de sus votos estaban concentrados en los estados libres.
A la vista de estos hechos, los defensores de los derechos del Sur sintieron que esta región debía actuar, antes de pasar a la situación de una minoría sin esperanzas, a merced de hombres que habían aprobado a John Brown. Por lo tanto, los dirigentes de los derechos de los estados invocaron la doctrina de que cada estado había conservado su soberanía cuando se incorporó a la Unión Federal y que, en el ejercicio de esa soberanía, los estados, actuando por medio de una convención especial, como las que habían ratificado la Constitución, podía separarse de la Unión. Poniendo dicha doctrina en acción, Carolina del Sur, citó a una convención que adoptó una Ordenanza de Secesión el 20 de diciembre de 1860. Para el 1° de febrero de 1861, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana y Texas habían seguido su ejemplo. La secesión del Extremo Sur era completa.
Fracaso del intento de transacción. La llegada real de la desunión, que durante tanto tiempo se había temido, ,provocó grandes esfuerzos por llegar a una transacción, especialmente por .parte de los dirigentes de los estados esclavistas limítrofes, cuya lealtad a la Unión se combinaba con su simpatía hacia el Sur. E1 senador John J. Crittenden, de Kentucky, heredero de la tradición de transacción de Henry Clay, presentó en el Congreso proposiciones para revisar y extender la línea de la transacción de Missouri por medio de una enmienda constitucional. Virginia tomó la iniciativa de convocar una Convención de Paz, con delegados de veintiún estados, que se reunió en Washington en el mes de febrero. De hecho, el Congreso adoptó una propuesta de enmienda que habría garantizado la esclavitud en los estados que quisieran mantenerla; esta enmienda fue sometida a los estados para su ratificación antes de que estallara la guerra y la hiciera inútil. Sin embargo, las concesiones sobre los territorios eran los únicos términos que tal vez hubieran podido aplacar al Sur, y éste era un problema sobre el cual Lincoln no estaba dispuesto a ceder. Como resultado de todo ello, la transacción fue imposible y la división se hizo más profunda. Para fines de febrero los siete estados de la Costa del, Golfo habían formado un nuevo gobierno, el de los Estados Confederados de América, con la capital en Montgomery, Alabama, y Jefferson Davis, de Mississippi, como presidente.
El fuerte Sumter. Así pues, cuando Lincoln tomó posesión de la presidencia el 4 de marzo de 1861, tuvo que hacer frente a una nueva república sureña, formada por los que hasta entonces habían sido siete estados de la Unión. Esta nueva Confederación se había apoderado de las oficinas de correos, de las aduanas, de los arsenales y hasta de fuertes federales, con excepción de Fort Sumter, en el puerto de Charleston, y Fort Pickens, en el de Pensacola. Desde Carolina del Norte hasta Río Grande estos eran los dos únicos lugares donde todavía ondeaba la bandera de las barras y las estrellas. Hubo muchas conjeturas en aquel momento sobre cuál sería la actitud que Lincoln adoptaría, y desde entonces ha habido una larga controversia entre los historiadores sobre qué posición tomó realmente el presidente. Desde luego, dejó absolutamente claro que negaba el derecho de los estados a separarse y que intentaba conservar la Unión. Pero lo que ya no está tan claro es si estaba dispuesto a hacer la guerra para preservar la Unión. Había ocho estados esclavistas (Virginia, Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee, Missouri, Arkansas, Maryland y Delaware) que todavía permanecían dentro de la Unión. Lincoln se encontraba sumamente preocupado por mantenerlos leales; en tanto que continuaran en la Unión, podían ayudar a hacer que los demás estados esclavistas regresaran a la misma. Esta ruptura entre los estados esclavistas representó un fracaso de los secesionistas para crear un Sur unido. Por consiguiente, Lincoln tenía toda la razón para abstenerse de tomar cualquier medida precipitada.
Si hubiera sido capaz de sostener la posición federal en Fort Pickens y Fort Sumter, o incluso en cualquiera de los dos, aparentemente habría estado preparado para recurrir a una táctica de espera. Sin embargo, menos de veinticuatro horas después de haber tomado posesión de la presidencia, se enteró de que el Mayor Robert Anderson, comandante de Fort Sumter, estaba sin provisiones y tendría que rendirse pronto si no se le enviaban alimentos con urgencia. Lincoln, al parecer, consideró seriamente la posibilidad de la rendición de Sumter, y si hubiera podido reforzar Fort Pickens para convertirlo en el símbolo de una Unión inquebrantable, lo habría hecho. No obstante, los intentos para enviar refuerzos a Pickens se retrasaron, y el 6 de abril Lincoln envió un mensaje al gobernador de Carolina del Sur indicándole que se mandarían abastecimientos a Sumter. Si se permitía el paso de esas provisiones, no se intentaría el envío de refuerzo alguno.
Los historiadores han discutido si esto constituía una promesa de no iniciar las hostilidades si se permitía el aprovisionamiento, o una amenaza de iniciarlas en caso de que no se permitiera. Pero el gobierno de la Confederación decidió que no debían dejarse pasar los abastecimientos y, antes del amanecer del 32 de abril de 1861, las baterías confederadas iniciaron un bombardeo que obligó al Fuerte Sumter. a rendirse, después de veintiséis horas de intenso cañoneo. Este bombardeo marcó el principio de una guerra que duraría cuatro años y que fue, con excepción de las guerras napoleónicas, el mayor conflicto militar que el mundo había visto hasta entonces.
“CAUSAS” DE LA GUERRA CIVIL
Desde 1861 los autores han discutido qué es lo que causó la Guerra Civil .y si la misma fue un “conflicto irreprimible” en el sentido de que fuera inevitable. Los sureños han alegado que la guerra no se libró por. el problema de la‑ esclavitud sino por la cuestión de los derechos de los estados. Varios de los estados confederados hicieron notar que se separaron sólo cuando se atacó a otros. Los deterministas económicos han afirmado que la gente del Norte nunca hubiera apoyado a los abolicionistas en cualquier cuestión directa (lo que realmente es cierto); que Lincoln ni siquiera se aventuró a expedir la Proclama de Emancipación hasta que la guerra había estado desarrollándose durante un año y cinco meses (lo que también es cierto); y que el conflicto fue en realidad entre un interés industrial que deseaba una clase de futuro para los Estados Unidos, y un interés agrario que deseaba otro distinto. Otros historiadores, yendo más lejos, han descrito al Norte y al Sur como dos “civilizaciones diversas”, tan disímiles en su cultura ‑y sus valores que la unión entre ellas era artificial y antinatural. En la década de 1940 otro grupo de autores, conocidos como revisionistas, subrayaron la idea de que los norteños y los sureños habían tergiversado y falseado los conceptos de los adversarios y que fueron a la guerra contra esas imágenes, más bien que contra la gente con la que realmente estaban luchando. La guerra, argumentaban, surgió de emociones, y no de realidades.
Cada uno de estos puntos de vista merece alguna atención. Las causas de la Guerra Civil no eran desde luego simples, pero aunque cada una de las explicaciones señala alguna causa distinta a la esclavitud, es significativo que el factor de la esclavitud esté involucrado en todas ellas. Es cierto que el Sur creía en el derecho de los estados a separarse, mientras que el Norte no pensaba así, pero dicha creencia habría continuado siendo una abstracción, sin convertirse nunca en acción, si la cruzada republicana contra la esclavitud no hubiera impulsado al Sur a utilizar el arma de la secesión. También es cierto que las economías del Norte y del Sur eran muy diferentes, pero los Estados Unidos han tenido siempre grandes diversidades regionales en el terreno de la economía ‑por ejemplo, entre el Nordeste urbano e industrial y el Medio Oeste rural y productor de granos y, sin embargo, tales diversidades no han conducido jamás a la guerra.
Es difícil creer que sin el problema de la esclavitud las disimilitudes generales de Norte y Sur ‑su divergencia económica, ‑ sus desacuerdos específicos sobre problemas como el arancel, o incluso su separación social y cultural ‑hubieran conducido a un punto de fricción capaz de precipitar una guerra. El que el Norte y el Sur podían vivir juntos y en armonía a pesar de sus grandes diferencias, fue demostrado por la experiencia anterior a 1846 y; de nuevo, por la posterior de 1877. Además, cuando se habla de “una civilización sureña distintiva” se está hablando, en gran parte, de esclavitud, ya que ésta se encuentra en la propia base del sistema de plantaciones, que era el corazón y centro de la sociedad sureña. Finalmente, es cierto que en la década de 1850, dirigentes extremistas tomaron la delantera y cada región formó un mito emocional, más bien que una imagen realista, de la otra. Sin embargo, este es un proceso que siempre se produce a medida que los antagonismos se acentúan.
El punto es que la esclavitud proporcionó el voltaje emocional que llevó a que surgiera en cada región una profunda desconfianza y antipatía hacia la gente de la otra. Al iniciar su segundo periodo, Abraham Lincoln manifestó que “todos saben que la esclavitud fue, dé algún modo, la causa de la guerra”. La clave de esta afirmación es “de algún modo”, ya que la guerra no fue, en ningún sentido simple, una lucha entre cruzados por la libertad, en un lado, y defensores de la esclavitud, en el otro. Robert E. Lee, por nombrar sólo a un sureño, no creía en absoluto en la esclavitud, y muchos soldados norteños que estaban dispuestos a morir por la Unión si fuese necesario, eran francamente opuestos a hacer de la esclavitud el motivo de la guerra. Sin embargo, tanto los antiesclavistas sureños como los esclavistas del Norte quedaron atrapados en una red que nunca se habría tejido de no. haber existido el problema de la esclavitud.
¿Pudo haberse arreglado este problema sin la guerra? ¿Fue una crisis artificial? ¿Fue la cuestión territorial una lucha sobre “un negro imaginario en un lugar imposible”? ¿Fue la guerra realmente necesaria en una situación en la que parece dudoso que una mayoría de sureños quisieran separarse (sólo siete de quince estados se habían separado antes de que se disparara sobre Fuerte Sumter) o que una mayoría de norteños quisieran hacer un problema de la esclavitud? (Lincoln había obtenido sólo el 39 por ciento del voto popular y prometido seguridad para la esclavitud allí donde ya estuviera establecida). ¿Acaso los estadounidenses, tanto los del Norte como los del Sur, tan semejantes en sus ideas religiosas (que eran abrpmadoramente protestantes evangelistas), en su lengua (una variante norteamericana del inglés), en su ascendencia étnica (la mayor parte de ellos de origen británico, irlandés o alemán), en sus creencias democráticas, en sus maneras de pioneros, en su énfasis sobre los valores de la confianza en sí mismos y el duro trabajo, en su veneración por la Constitución, y aun en su presuntuoso norteamericanismo, se parecían tanto unos a otros que una guerra entre ellos pudiera y debiera haberse evitado? Esta pregunta plantea otra de carácter más general; la de si los desacuerdos son menos ásperos cuando las partes en discordia tienen mucho en común.
Lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos era que el centro de gravedad fue gradualmente cambiando de una sociedad agrícola liberalmente organizada a una sociedad industrial moderna con mucha mayor concentración de poder. Mientras esto ocurría, el gobierno se transformaba, de una asociación inconexa de poderosos estados separados, en una nación consolidada, en la que los estados serían poco más que subdivisiones políticas. En el asombroso crecimiento de los Estados Unidos, el Norte había superado al Sur, y el equilibrio que anteriormente existió entre ellos había sido alterado. E1 propósito de los victoriosos republicanos de confinar la esclavitud ‑y, en este sentido, excluir al Sur de mayor participación en el progreso nacional‑ acentuó dicho cambio en el equilibrio. Parece muy improbable que el Sur hubiese aceptado jamás las consecuencias políticas de este cambio fundamental sin una crisis, especialmente desde que los blancos sureños abrigaron grandes temores en cuanto a la posibilidad de que un Norte preponderante en el control del gobierno federal pudiera, en último término, utilizar su poder para abolir la esclavitud. La perturbadora presencia de la cuestión racial inficionó este problema. La esclavitud era algo más que una institución para explotar mano de obra barata; era un medio de controlar a una gran población negra potencialmente amenazadora y de mantener la supremacía blanca. Cualquier indicio de amenaza a la “forma de vida sureña”, que estaba basada en la subordinación de una raza tanto despreciada como temida, estaba destinado a hacer aparecer fobias profundas e irracionales y a crear una crisis. Determinar si esta crisis tuvo que tomar la forma de conflicto armado y si esta etapa de fuerza armada tuvo que ocurrir precisamente cuando lo hizo o pudo haberse producido un mes, un año o una década antes o después, sería tema de especulaciones sin fin.