Departamento de Historia | Academia Cristo Rey, Ponce, Puerto Rico

Discurso de despedida de Jorge Washington

JORGE WASHINGTON
DISCURSO DE DESPEDIDA

17 de septiembre de 1796

Amigos y conciudadanos,

No estando muy distante el período para la nueva elección de un ciudadano que administre el gobierno ejecutivo de los Estados Unidos, y llegado el momento en que vuestros pensamientos deben dirigirse en designar a la persona que ha de ser investida con ese importante encargo, me parece propio, por la razón especial de que puede conducir a una más clara expresión de la opinión pública, que yo les informe ahora de la resolución que he tomado de declinar el ser considerado en el número de aquellos entre los cuales se hará la elección…

Las impresiones con las que primero me hice cargo de la ardua encomienda fueron explicadas en su ocasión. -En el descargo de esta encomienda sólo diré que, con buenas intenciones, he contribuido en la organización, y administración del gobierno con los mejores esfuerzos de que fue capaz un juicio muy falible. -No estando inconsciente, al principio, de la inferioridad de mis calificaciones, la experiencia ante mis propios ojos, y quizás, aún más a los ojos de otros, ha fortalecido las razones para desconfiar de mi mismo; y cada día el creciente peso de los años me advierte más y más que’ la sombra del retiro es para mí tan necesaria como será bienvenida.‑ Satisfecho de que si algunas circunstancias han dado un valor peculiar a mis servicios, fueron temporeras, tengo el consuelo de creer que, mientras la preferencia y la` prudencia me invitan a alejarme de la escena política, el patriotismo no lo prohíbe…

Aquí, quizás, debiera detenerme. ‑ Pero un celo por nuestro bienestar, que no puede terminar sino con mi vida, y el sentido del peligro producido por este celo, me animan en una ocasión como la presente a ofrecer a vuestra solemne consideración, y recomendar a vuestro frecuente reexamen algunos sentimientos que son el resultado de mucha reflexión, de no poca observación, y que me parecen todos importantes para la conservación de vuestra felicidad como un pueblo. ‑ Se os ofrecerán con tanta mayor libertad, cuanto sólo podéis ver en ellos las advertencias desinteresadas de un amigó que se va, que no puede tener en forma alguna motivos personales que prejuicien sus consejos. ‑ Ni puedo olvidar, como un aliento para ello, vuestra indulgente recepción de mis sentimientos en una anterior y no muy diferente ocasión.

Entretejido como está el amor a la libertad con cada uno de los ligamentos de nuestros corazones, no es necesaria recomendación alguna mía para fortalecerles o confirmarles en tal adhesión.

La unidad del Gobierno que os constituye en un solo pueblo, también ahora os es querida. ‑ Es justo que así sea; pues es un pilar principal en el edificio de vuestra verdadera independencia; el soporte de vuestra tranquilidad dentro del país; de vuestra paz en el exterior; de nuestra seguridad; de vuestra prosperidad en cualquier forma; de esa misma libertad que tan altamente apreciáis. -Pero como es fácil prever que por diferentes causas y de diferentes partes, se harán muchos esfuerzos y se emplearán muchos artificios para debilitar en vuestras mentes la convicción de esta verdad; ‑ como éste es el punto en nuestra fortaleza política contra el cual las baterías de los enemigos internos y externos se dirigirán más constante y activamente (aunque a menudo secreta e insidiosamente), es de infinita importancia que vosotros estiméis debidamente el valor inmenso de vuestra unión nacional para vuestra felicidad colectiva e individual; ‑ que vosotros sintáis por ella una adhesión cordial, habitual e inconmovible, acostumbrándoos a pensar y a hablar de ella como del Palladium de vuestra seguridad política y de vuestra prosperidad; vigilando por su conservación con celosa ansiedad; desaprobando cualquier cosa que pueda sugerir tan sólo una sospecha de que pueda en ocasión alguna ser abandonada, e indignamente tornándoos ceñudos al primer asomo de cualquier ‑intento de enajenar una porción de nuestro país del resto, o debilitar los sagrados lazos que ahora mantienen unidas las diversas partes.

Para esto tenéis todos los alicientes de simpatía e interés. ‑ Ciudadanos por nacimiento o por elección de un mismo país, ese país tiene derecho a concentrar vuestros afectos.‑ El nombre de AMERICANO, que os pertenece en vuestra capacidad nacional, siempre debe exaltar el justo orgullo de patriotismo, más que ninguna apelación nacida de discriminaciones locales. ‑Con ligeros matices de diferencia, tenéis vosotros la misma religión, maneras, hábitos y principios políticos. Vosotros habéis luchado y triunfado juntos en una causa común. La independencia y libertad que poseéis son la obra de consejos unidos, y de unidos esfuerzos ‑de peligros, sufrimientos y triunfos comunes.

Pero estas consideraciones, aunque impresionen poderosamente vuestros sentimientos, son sobrepasadas en mucho por el peso de aquellas que se aplican más inmediatamente a vuestro interés.‑ Aquí cada porción de nuestro país encuentra los motivos más imperativos para guardar y preservar cuidadosamente la unión del conjunto.

El Norte, en un intercambio sin restricciones con el Sur, protegido por las leyes iguales de un gobierno común, encuentra en la producción del último nuevos y grandes recursos para la empresa marítima y comercial‑ y preciosos materiales para la industria manufacturera.‑ El Sur, en el mismo intercambio, beneficiándose por conducto del Norte, ve crecer su agricultura y expandirse su comercio. Desviando parcialmente hacia sus propios canales a los marinos del Norte, halla vigorizadora su propia navegación; ‑y, mientras contribuye, en diferentes formas a nutrir e incrementar el conjunto general de la navegación nacional, mira adelante hacia la protección de una fuerza marítima, para la cual él mismo no está igualmente preparado. El Este, en un intercambio similar con el Oeste, ya encuentra y en el progresivo mejoramiento de las comunicaciones interiores, por tierra y agua, encontrará más y más, un valioso desahogo para los productos que trae del extranjero o que manufactura localmente. ‑El este obtiene las provisiones necesarias para su crecimiento y confort del Este, ‑y lo que quizás es de mayor consecuencia, de necesidad debe el seguro disfrute de salidas indispensables para sus propios productos, al volumen, influencia y futura fuerza marítima del lado atlántico de la Unión, dirigida por una indisoluble comunidad de interés, como una Nación.‑ Cualquier otra pertenencia por la cual el Oeste puede tener esta ventaja esencial, ya sea derivándola de su propia fuerza independiente, o de una conexión apóstata y antinatural con cualquier poder extranjero, tiene’ que ser intrínsicamente precaria.

Mientras que así cada parte de nuestro país experimenta un interés inmediato y particular en la Unión, todas las partes combinadas en una masa unida de medios y esfuerzos no pueden dejar de hallar mayor fuerza, mayores recursos, mayor seguridad proporcionada contra un peligro externo, una interrupción menos frecuente de su paz por naciones extranjeras; y, ¡lo que es de inestimable valor! tienen que derivar de la Unión el estar libres de esos enredos y guerras entre ellas mismas que tan frecuentemente afligen los países vecinos que no están unidos por el mismo gobierno; cuyas propias rivalidades solas bastan para producirlos; pero que opuestas alianzas extranjeras, fidelidades e intrigas estimularían y agriarían. Asimismo, evitarán la necesidad de esas instalaciones militares excesivamente grandes que bajo cualquier forma de gobierno son poco auspiciosas para la libertad, y que deben ser consideradas como particularmente hostiles a la libertad republicana: Es en este sentido que vuestra Unión debe ser considerada como un sostén importantísimo de vuestra libertad, y que el amor de la una debe encareceros la preservación de la otra.

Estas consideraciones hablan un lenguaje persuasivo a toda mente reflexiva y virtuosa, ‑y muestran la continuación de la UNION como el objetivo primordial del deseo patriótico. ¿Hay alguna duda de que un gobierno común puede abarcar tan gran esfera? ‑Dejen que la experiencia lo resuelva.‑ Escuchar meras especulaciones en tal caso seria criminal. ‑Estamos autorizados a esperar que una organización adecuada del conjunto, con la acción auxiliar de los gobiernos de las respectivas subdivisiones, proporcionará una feliz salida al experimento. El asunto bien vale una prueba justa y cabal. Con tan poderosos y obvios motivos para la Unión, que afecta a todas las partes de nuestro país, mientras la experiencia no haya demostrado su impracticabilidad, siempre habrá razón para desconfiar del patriotismo de aquellos que en cualquier lugar tratan de debilitar sus lazos.

Al contemplar las causas que pueden perturbar nuestra Unión, aparece como un asunto de seria preocupación el que se hubiera dallo terreno a la caracterización de partidos por discriminaciones geográficasnorteño y sureñoAtlántico y del Oeste; partiendo de lo cual personas mal intencionadas pue­den intentar fomentar la creencia de que hay una verdadera di­ferencia de intereses y de puntos de vista locales. Uno de los medios de los partidos para adquirir influencia dentro de distritos particulares, es el falseamiento de las opiniones y aspiraciones de otros distritos. ‑ No podéis vosotros precaveros demasiado contra las `envidias y las animosidades que surgen de estas fal­sas representaciones. ‑ Tienden a tornar extraños entre sí a aquellos que debieran estar atados por fraternal afección…

Para la eficacia y permanencia de vuestra Unión, es indispensable un gobierno para el conjunto.‑ Ningún tipo de alianzas, no importa lo estrechas que puedan ser entre las partes, puede ser un sustituto adecuado: Tienen que experimentar inevitablemente las infracciones e interrupciones que todas las alianzas en todos los tiempos han experimentado. ‑ Consciente de esta importante verdad, habéis progresado sobre vuestro primer ensayo, por la adopción de una Constitución de gobierno, mejor calculada que la anterior para establecer una Unión íntima, y para la administración eficaz de vuestros intereses comunes. ‑ Este gobierno, hijo de Muestra propia elección no influenciada ni temerosa, nacido de una completa investigación y una madura deliberación, completamente libre en sus principios, en la distribución de sus, poderes, uniendo la seguridad con la energía, y conteniendo dentro de sí una disposición para su propia enmienda, tiene razón para reclamar vuestra confianza y vuestro apoyo.‑ Respeto por su autoridad, cumplimiento de sus Leyes, aceptación de sus medidas, ‑son deberes ordenados por las máximas fundamentales de la verdadera libertad. ‑ La base de nuestros sistemas políticos es el derecho del pueblo de hacer y alterar sita Constituciones de Gobierno.‑ Pero la Constitución que existe en un momento dado, hasta que sea cambiada por un acto explícito y auténtico de todo el pueblo, es sagradamente obligatoria para todos. ‑La idea misma del poder y el derecho del pueblo para establecer gobierno, presupone el deber de cada individuo, de obedecer el gobierno establecido…

Hacia la preservación de vuestro Gobierno y la conservación de vuestro presente feliz estado, es requisito, no sólo que vosotros reprobéis invariablemente las oposiciones irregulares a su autoridad reconocida, sino también que resistáis con cuidado el espíritu de innovación a sus principios, no importa lo aparentemente adecuado de los pretextos. ‑Un método de asalto puede ser, efectuar en los fundamentos de la Constitución, alteraciones que debilitarían la energía del sistema, y así socavar lo que no puede ser eliminado directamente.‑ En todos los cambios a que podáis ser invitados, recordad que el tiempo y la costumbre son tan necesarios para fijar el verdadero carácter de los gobiernos, como el de otras instituciones humanas‑ que la experiencia es la medida más segura para determinar la verdadera tendencia de la Constitución existente en un país‑ que la facilidad para el cambio a cuenta de meras hipótesis y opiniones expone al cambio perpetuo, dada la variedad interminable de hipótesis y opiniones: ‑ y recordad, sobre todo, que para la administración eficiente de vuestros intereses comunes, en un país tan extenso como el nuestro, es indispensable un gobierno tan vigoroso como sea compatible con la perfecta seguridad de la libertad. ‑La libertad misma encontrará en tal gobierno, con poderes debidamente distribuidos y ajustados, su más seguro guardián. ‑ Es, en verdad, poco más que un nombre, allí donde el gobierno es demasiado débil para resistir los atentados de la facción, para mantener a cada miembro de la sociedad dentro de los límites prescritos por, las leyes, y para mantenerlos a todos en el seguro y tranquilo goce de los derechos de la persona y de la propiedad.

Ya os he advertido el peligro de los partidos en el estado, haciendo particular referencia a su fundamentación en discriminaciones geográficas. Dejadme tomar ahora un punto de vista más abarcador, y advertiros en la forma más solemne contra los funestos efectos del espíritu de partidos en general.

Este espíritu, por desgracia, es inseparable de nuestra naturaleza, teniendo raíz en las pasiones más fuertes de la mente humana. ‑Existe bajo diversas formas en todos los gobiernos, más o menos ahogado, controlado o reprimido; pero, en loa de carácter popular, se exhibe en todo su exceso, y es verdaderamente su peor enemigo.

La dominación alternada de una facción sobre otra, agudizada por el espíritu de venganza natural a las disensiones partidistas, que en diferentes épocas y países ha perpetrado las atrocidades más horribles, es en sí un espantoso despotismo. -Pero esto lleva a la larga a un despotismo más formal y permanente‑ Los desórdenes y miserias que resultan inclinan gradualmente las mentes de los hombres a la búsqueda de la seguridad y el reposo en el poder absoluto de un individuo: y tarde o temprano el jefe de una de las facciones prevalecientes, más capaz o más afortunado que sus competidores, utiliza esta disposición con el propósito de subir al poder sobre las ruinas de la libertad pública.

Sin que esperemos a que la situación llegue a tal extremo (que sin embargo no debemos eliminar totalmente de nuestra atención), las maldades comunes y continuas del espíritu de partido son suficientes para, hacer que el interés y el deber de un pueblo sabio estén en desalentarlo y restringirlo.

Siempre sirve para obstruir los concilios públicos, y debilitar la administración pública.‑ Agita la comunidad con celos mal fundados y falsas alarmas, inflama la animosidad de una parte contra otra, fomenta ocasionalmente el motín y la insurrección‑ Abre las puertas a la influencia y corrupción extranjeras, que encuentran facilitado el acceso al gobierno mismo a través de los canales de las pasiones partidistas. Así la política y la voluntad de un país son sujetadas a la política y voluntad de otro.

Existe la opinión de que los partidos en un país libre son frenos útiles a la. administración del gobierno, y sirven para mantener vivo el espíritu de la libertad. ‑Esto es probablemente verdadero dentro de ciertos limites‑ y en gobierno de forma monárquico, el patriotismo puede mirar con indulgencia, si no con favor, el espíritu de partido. ‑Pero en aquellos de carácter popular y gobiernos puramente electivos, no es un espíritu para ser alentado. ‑Dada su tendencia natural, es seguro que siempre habrá suficiente cantidad de ese espíritu para cada propósito saludable‑ y habiendo peligro constante de exceso, el esfuerzo debe ir encaminado, por fuerza de la opinión pública, a mitigarlo y disminuirlo. ‑Un fuego que no ha de ser apagado, requiere una vigilancia constante para prevenir su estallido en una llama que pueda, en vez de calentar, consumir.

Es importante, del mismo modo, que los hábitos de pensamiento en un país libre inspiren la precaución debida a los encargados de su administración, para que se limiten dentro de sus respectivas esferas constitucionales; evitando en el ejercicio de los poderes de un departamento la usurpación de los de otro. ‑El espíritu de usurpación tiende a consolidar los poderes de todos los departamentos en uno, y así crear, cualquiera que sea la forma de gobierno, un verdadero despotismo… Si en la opinión del pueblo, la distribución o modificación de los poderes Constitucionales está errada en algún particular, dejad que sea corregida por una enmienda en la manera que dispone la’ Constitución.‑ Pero no permitáis un cambio por usurpación; pues aunque esto, en. un momento, pueda ser el instrumento de un bien, es el arma habitual por la cual se destruyen los gobiernos libres.‑ El precedente siempre pesará más como daño permanente que cualquier beneficio parcial o transitorio que su uso pueda producir en algún momento.

De todas las disposiciones y hábitos que conducen a la prosperidad política, la religión y la moralidad son soportes indispensables.‑ En vano un hombre reclamaría 91 atributo de patriotismo, si laborara para subvertir estos grandes pilares de la felicidad humana estos firmísimos sostenes de los deberes de los hombres y de los ciudadanos. -El político puro, lo mismo que el hombre piadoso, deben respetarlos y cuidarlos.‑ Ni en un volumen se podrían esbozar todas sus conexiones con la felicidad privada y pública: ‑ Pregúntese simplemente ¿dónde quedaría la seguridad para la propiedad, para la reputación, para la vida, si el sentido de obligación religiosa abandonara a los juramentos, que son los instrumentos de investigación en las cortes de justicia? Y concedamos con reservas la suposición de que puede mantenerse la moralidad sin la religión.‑ No importa, lo que pueda concederse a la influencia de la educación refinada sobre mentes de peculiar estructura‑ tanto la razón como la experiencia nos prohíben esperar que la moralidad nacional pueda subsistir en la exclusión del principio religioso.

Esto es lo verdadero sustancialmente, que la virtud o moralidad es una fuente necesaria del gobierno popular. ‑ La regla en verdad se extiende con más o menos fuerza a toda especie de gobierno libre.‑ ¿Quién que le sea amigo sincero puede mirar con indiferencia los intentos de sacudir la base de su estructura? Promoved, pues, como un objetivo de primera importancia, las instituciones para la difusión general del conocimiento. En la medida en que la estructura de gobierno da fuerza a la opinión pública, es esencial que la opinión pública sea ilustrada.

Como una fuente muy importante de fuerza y seguridad, cuidad el crédito público. Un método para preservarlo es usarlo tan moderadamente como sea posible: ‑‑evitando las ocasiones de gasto mediante el cultivo de la paz, pero recordando también que oportunos desembolsos para prepararse ante el peligro frecuentemente previenen desembolsos mucho más grandes para repelerlo‑ evitando del mismo modo la acumulación de la deuda, no solamente’ esquivando las ocasiones de gasto, sino por medio de vigorosos esfuerzos en tiempo de paz para saldar las deudas que puedan haber ocasionado las guerras inevitables, sin lanzar poco generosamente sobre la posteridad la carga que nosotros mismos debemos llevar…

Observad la buena fe y la justicia para con todas las naciones. Cultivad la paz y la armonía con todas. ‑La religión y la moralidad prescriben esta conducta; ¿y sería posible que una buena política no la prescribiera igualmente?‑ Será digno de una nación libre, ilustrada y, en un período no distante, grande, dar a la humanidad el ejemplo magnánimo y demasiado novedoso de un pueblen siempre guiado por una exaltada justicia y benevolencia. ‑¿Quién puede dudar que en el curso del tiempo y dé las cosas los frutos de tal plan repararían con creces cualquier ventaja momentánea que se pudiera perder por una adhesión estricta a él? ¿Será posible, que la Providencia no haya vinculado la felicidad permanente de una nación con su virtud? El experimento, por lo menos, se recomienda por todos los sentimientos que ennoblecen la naturaleza humana.‑ ¡Ay! ¿tórnase imposible por sus vicios?

En la ejecución de tal plan nada es más esencial que el que las antipatías permanentes, inveteradas, contra naciones particulares, y las apasionadas adhesiones a otras sean excluidas; y que en su lugar se cultivan sentimientos justos y amigables hacia todas.‑ La nación que consiente en un odio habitual o en una habitual afición a otra es en cierto grado esclava. Es esclava a su odio o a su afecto, cualquiera de los cuales es suficiente para conducirla fuera del camino de su deber y su interés.‑ La ‑antipatía de una nación. contra otra las dispone a insultarse e injuriarse más fácilmente, a usar como pretexto de ofensa causas ligeras, y a ser altanera inflexible cuando surgen ocasiones accidentales o baladíes de disputa. . .

Del mismo modo, la adhesión apasionada de una nación hacia otra produce un sinnúmero de males. La simpatía por la nación favorita, facilitando la ilusión de un interés común imaginario en casos donde no existe un interés común verdadero, e infundiendo en una las enemistades de la otra, seduce a la primera a participar en las querellas y guerras de la última sin adecuados móviles o justificación: También lleva a conceder a la nación favorita privilegios que se niegan a otras, lo cual conduce doblemente a un daño para la nación que hace las concesiones; al desprenderse innecesariamente de aquello que debió retener, y al suscitar celos, mala voluntad y una disposición a la represalia de las partes a quienes se le retuvieron iguales privilegios; y da a los ciudadanos ambiciosos, corruptos o engañados (que se dedican a la nación favorita) facilidad para traicionar o sacrificar los intereses de su propio país, sin odio, a veces hasta con popularidad: ‑ dorando con la apariencia de un virtuoso sentido de obligación de una encomiable deferencia a la opinión pública, o de un laudable celó por el bien común, la base de tontas complacencias de la ambición, la corrupción, o el capricho

Contra las astucias insidiosas de la influencia extranjera os conjuro a que me creáis, conciudadanos; que el celo de un pueblo libre debe estar constantemente alerta, desde que la historia y la experiencia prueban que la influencia extranjera es uno de los enemigos más funestos del gobierno republicano. -Pero ese celo para ser útil, debe ser imparcial; de lo contrario, se torna en el instrumento de la misma influencia que ha de ser evitada, en vez de una defensa contra ella.‑ La excesiva parcialidad hacia una nación extranjera y la excesiva aversión hacia otra, provocan a aquellos a quienes dominan a ver el peligro sólo de un lado, y ayudan a velar y aún a secundar las artes de influencia del otro.‑ Los patriotas verdaderos, que pueden resistir las intrigas del favorito, están expuestos a hacerse sospechosos y odiosos; mientras sus instrumentos y sus engañadas víctimas usurpan el aplauso y la confianza del pueblo, para entregarles sus bienes.

La gran regla de conducta para nosotros en relación con las naciones extranjeras es tener con ellas tan poca conexión política como sea posible al extender nuestras relaciones comerciales.‑ En la medida en que ya hemos entrado en compromisos, que se cumplan con perfecta buena fe. -Y aquí detengámonos.

Europa tiene un conjunto de intereses primordiales que para nosotros no tienen ninguna, o una muy remota relación. -De aquí que ella tenga que estar envuelta en frecuentes controversias, cuyas causas son esencialmente ajenas a nuestras preocupaciones.‑ De aquí, por lo tanto, sería poco sabio de parte nuestra implicarnos nosotros mismos, por lazos artificiales, en las vicisitudes ordinarias de su política, o en las ordinarias combinaciones y choques de sus amistades o enemistades.

Nuestra situación separada y distante nos invita y capacita a proseguir un curso diferente. ‑‑Si permanecemos como un pueblo, bajó un Gobierno eficiente, no está lejos el tiempo en que podamos arrastrar pérdidas materiales provenientes de dificultades extranjeras; cuando podamos tomar tal actitud’ de manera que se logre la neutralidad, podremos obligar a que ésta sea respetada escrupulosamente. Cuando las naciones beligerantes, ante la imposibilidad de hacer adquisiciones sobre nosotros, no nos provoquen ligeramente, podremos escoger la paz o la guerra, según aconseje nuestro interés guiado por nuestra justicia.

¿Por qué abandonar las ventajas de una situación tan peculiar?‑ ¿Por qué abandonar nuestro propio suelo para pararnos en suelo ajeno? ‑¿Por qué, uniendo nuestro destino con el de cualquier parte de Europa, enredaremos nuestra paz y prosperidad en los afanes de la ambición, rivalidad, interés, estado de ánimo o capricho europeos?

Es nuestra verdadera política mantenernos alejados de alianzas permanentes con cualquier parte del mundo extranjero; -en la medida, quiero decir, en que ahora estamos en libertad de hacerlo‑ pues no debe entendérseme como capaz de patrocinar la infidelidad a los compromisos existentes (tengo por máxima no menos aplicable a los asuntos públicos que a ‑los privados, que la honradez es siempre la mejor política).‑Repito, por lo tanto, que se permita la observación de esos compromisos en un genuino sentido. ‑Pero en mi opinión es innecesario y sería imprudente extenderlos.

Teniendo siempre el cuidado de mantenernos, por organizaciones adecuadas, en una postura defensiva respetable, podremos confiar con seguridad en alianzas temporales para emergencias extraordinarias.

La armonía, el libre intercambio con todas las naciones, se recomiendan por la política, la humanidad y el interés. Pero aún nuestra política comercial debe sostener un trato igual e imparcial: -ni buscando ni concediendo favores o preferencias exclusivas; -consultando el curso natural de las cosas; ­difundiendo y diversificando por métodos caballerosos el fluir del comercio, pero sin forzar nada; estableciendo con los poderes dispuestos a ello -para así dar al comercio un curso estable, para definir los derechos de nuestros comerciantes y para permitir al gobierno apoyarlos ‑reglas convencionales de intercambio, las mejores que las circunstancias presentes y la opinión mutua permitan; pero temporales y sujetas a ser abandonadas o variadas de tiempo en tiempo, según dicten la experiencia y las circunstancias; teniendo en mente constantemente que es locura el que una nación espere favores desinteresados de otra, ‑que tiene que pagar con una porción de su independencia por cualquier cosa que acepte a este título‑ que por tal aceptación, puede estarse colocando en la posición de haber pagado equivalentes por favores nominales, y ser ‑sin embargo reprochada con ingratitud por no haber dado más.‑ No puede haber mayor error que esperar o hacer cálculos sobre verdaderos favores de nación a nación.‑ Esta es una ilusión que tiene que curar la experiencia, que un justo orgullo. debe descartar…

Aunque al revisar los incidentes de mi administración, no estoy consciente de error intencional ‑ soy, no obstante demasiado sensible para mis defectos como para no pensar que es probable que yo haya podido cometer muchos errores. Cualesquiera que ellos puedan ser, fervientemente ruego al Todopoderoso desviar o mitigar los males a que puedan conducir.­ Siempre llevaré conmigo la esperanza de que mi país no cesará nunca de mirarlos con indulgencia; y que luego de cuarenta y cinco años de mi vida dedicados a su servicio, con ‑un recto celo, las faltas de mis incompetencias serán echadas al olvido, como yo mismo pronto debo serlo a las mansiones del descanso.

Reposando en su bondad en esto como en otras cosas, y movido por aquel ferviente amor hacia él, tan natural al hombre, que ve en él el suelo nativo de al mismo y de sus progenitores por varias generaciones; ‑anticipo con gustosa expectativa ese retiro, en el cual me comprometo lograr sin mezcla, el dulce goce de compartir, en medio de mis conciudadanos, la influencia benigna de buenas leyes bajo un gobierno libre, ‑el objetivo siempre favorito de mi corazón, y la feliz recompensa, espero, de nuestros cuidados, esfuerzos y peligros mutuos.